sábado, diciembre 09, 2017

DEQUEÍSMO, QUEÍSMO Y QUESUISMO



            ¿Y reaccionó bien? Bueno, no reaccionó bien. ¿Cómo reaccionó? Reaccionó como lo típico de cualquier marido que su mujer le dice que está enamorada de otro hombre.
                       [Tertulia en Telemadrid, 1996]

          Hay algunos vicios lingüísticos a los que ya me he referido aquí con anterioridad; pero, dado que tales vicios no se corrigen (no porque no me hagan caso a mí, sino porque, lamentablemente, no se hace caso a las más elementales normas de la gramática de nuestra lengua), creo que no está de más insistir sobre ellos.
          Le digo a Zalabardo que, pese a la Academia dedica en su Gramática un elevado número de páginas a comentarlos de modo que cualquiera pueda entenderlos, me referiré a ellos de forma breve porque, por muy necesario que sea su conocimiento, las cuestiones gramaticales no son divertidas.
           El dequeísmo es añadir de forma innecesaria la preposición de ante la conjunción que cuando tal añadido no viene exigido ni por el verbo ni por ninguna otra razón (no creo de que llegue tarde, temía de que no me hubieras escuchado, he oído de que no vendrán, etc.). El queísmo es, justamente, lo contrario: suprimir la preposición de (a veces es otra) delante de la conjunción que en frases en las que tal presencia está exigida por el verbo o por la propia construcción (tomé conciencia que debía regresar, tengo la impresión que te he arruinado la fiesta, etc.). En los casos anteriores, lo correcto es: que llegue, que no me hubieras, que no vendrán, de que debía, de que te he arruinado, etc.
          Las razones por las que cometemos queísmo o dequeísmo son diferentes y las gramáticas hablan de ellas. Lo importante es saber si, para el hablante común, hay alguna regla que lo ayude a evitar el error. Y sí la hay. Basta con convertir la frase en interrogativa o añadir tras el verbo eso; el uso correcto será aquel en que veamos que la preposición de se hace o no necesaria: ¿qué creo? / creo eso; ¿qué temía? / temía eso; ¿de qué tomé conciencia? / tomé conciencia de eso; ¿de qué tengo impresión? / tengo impresión de eso, etc. 

         Sin embargo, hay algunos casos que pueden resultar confusos para el hablante. Por ejemplo, cuando el verbo advertir significa ‘percibir’ se construirá sin de: advirtió el peligro de la situación; pero, cuando significa ‘informar’ o ‘anunciar’, es obligada la preposición: advirtió de los riesgos de aquella conducta. Algo especial sucede con avisar, que, en principio admite la doble construcción: avisar algo o avisar de algo. No obstante, si predomina el sentido de, simplemente, ‘comunicar o poner en conocimiento’ parece preferible la construcción sin preposición: nos avisaron la llegada del médico; pero si el aviso encierra un matiz de amenaza, se prefiere el empleo de la preposición: nos avisaron del peligro que suponía seguir aquel camino.

          Comento a Zalabardo que algo parecido está sucediendo en los últimos años con un relativo, cuyo, a consecuencia de que, sobre todo en la lengua oral, está tendiendo a desaparecer. Cuyo procede del genitivo latino cuius, ‘del cual’. Por este motivo, si alguna vez cambiamos cuyo por otra forma de relativo, será necesario que utilicemos del cual. El error de cambiar cuyo por que su es lo que se llama quesuismo. De esta forma, es incorrecta la frase tengo un amigo que su padre le gusta cazar. Lo correcto sería decir tengo un amigo a cuyo padre le gusta cazar; o, en su defecto, tengo un amigo, al padre del cual le gusta cazar.
          Zalabardo, que es persona curiosa y se esfuerza siempre en hacer bien las cosas, me pregunta si de verdad creo que a la gente común y corriente se le puede pedir que esté al tanto de las publicaciones académicas o que sepa latín. Le contesto que su pregunta nos mete de lleno en el problema de siempre. El hablante común, que no tiene por qué ser experto en gramática ni conocer la historia de la lengua, comete muchas veces incorrecciones que, en no pocos casos, acaban convirtiéndose en normas. Por eso decimos altozano y no antuzano, sin saber que viene de ante y no de alto; álgido como ‘culminante o crítico’ cuando la realidad es que significa ‘muy frío’; estar en pelotas por estar en pelota, por creer que viene de pelotas, ‘testículos’, cuando viene de pelo. Y así daríamos muchos ejemplos.  Esa es la esencia de la lengua y así va evolucionando. Lo malo es que quien cometa el error sea alguien a quien se supone obligado a conocer la norma y, sin embargo, la incumple. Porque el hablante común confía en esa persona, cree que cuanto habla o escribe es lo correcto y lo imita. Por eso no me cansaré de criticar a todos aquellos profesionales que, por su ignorancia, inducen a error al hablante común. A esa gente es a la que hay que decirle que, o aprende la lengua en que habla y escribe, o mejor será que se dedique a otra profesión.

domingo, diciembre 03, 2017

NULLA DIES SINE LINEA




            Que la linea sinifique el trabajo, consta del dicho de Apelles, que aconsejando que ningún día se nos pase sin trabajar, dice: nullus tibi dies sine linea. Y Oracio llama a la muerte el vltimo trabajo del ombre.
                                    [Bartolomé Jiménez Patón (1569-1640)]

Plinio el Viejo
            No pocas veces nos encontramos con que a unas palabras, a unas sentencias, se les acaban dando, con el tiempo, un sentido que no coincide con el original. Nulla dies sine linea es una sentencia latina atribuida a Plinio el Viejo, que vivió en el siglo i y fue autor de una Historia Natural. Se cuenta que, al acuñar este dicho, Ni un día sin línea, alababa el valor de la constancia en cualquier labor. Lo decía, suele admitirse, pensando en Apeles, pintor griego que había vivido unos cuatro siglos antes que él y de quien no se conserva ninguna obra. Sin embargo, de este artista circulan numerosas anécdotas. Una, que no dejaba ni un solo día del año sin trabajar en su obra, aunque fuese solo para modificar o añadir un leve trazo. Otra también acabó convirtiéndose en proverbio. Se cuenta que un zapatero le llamó la atención sobre un defecto en la forma en que había dibujado un zapato. Apeles aceptó la crítica y corrigió su fallo. El zapatero, sigue contando la historia, se envalentonó hasta hacer nuevas sugerencias al pintor sobre otros aspectos de sus pinturas. Apeles, dicen, le contestó: De los zapatos hacia arriba, mejor es que calles. Los años han convertido su respuesta en el refrán zapatero, a tus zapatos.

            Pero no nos desviemos de la línea. Si consultamos un diccionario de latín, veremos que linea significa ‘cordel, hilo’ utilizado para ordenar un conjunto de cosas. De ahí pasó a tomar el sentido de ‘trazo’ (línea recta), ‘sucesión de elementos’ (poner en línea), ‘conducta’ (seguir buena o mala línea) o ‘renglón’, por la línea que se trazaba como pauta para la escritura (escrito de pocas líneas). Del mismo término latino nos viene alinear, delineante e, incluso, linaje. Más curioso resulta ver que de la forma castellana anticuada liña proceden aliñar, ‘disponer, arreglar’ y también desaliño o desaliñado.
            Me pregunta Zalabardo por qué y desde cuándo se aplica a la labor literaria y debo confesarle que no sé ninguna de las dos cosas. Pero lo cierto es que hace mucho que el aforismo se entiende más referido a la constancia del escritor que a la del pintor. Así se explica que la propia Editorial Sopena escogiera como lema la frase de Plinio. También otros se la han apropiado para aplicarla en un sentido que no es el original. José María Escrivá, fundador del Opus Dei, escribió en una de sus obras Nulla dies sine Cruce, ni un solo día sin cruz.

 
Persistencia de la memoria, de Dalí
          
Sin embargo, trato de aclararle a mi amigo, quizá Plinio no quisiera tampoco usar el aforismo en ese sentido literal sino en el de estar dispuesto siempre a atender nuestro trabajo, cualquiera que sea, para que el resultado sea el adecuado. No en vano a él se atribuye también otra sentencia que parece apuntar en la misma dirección: Difficile est tenere quae acceperis nisi exerceas, o sea, ‘Es difícil retener lo aprendido si no lo practicamos’. Este es un consejo que nos advierte sobre la necesidad de no estar ocioso nunca, o de ocupar siempre nuestro ocio en labores productivas. Tal vez por eso escribió santa Teresa: procuremos siempre ir adelante, y si esto no hay, andemos con gran temor, porque sin duda algún salto nos quiere hacer el demonio; pues no es posible que, habiendo llegado a tanto, deje ir creciendo, que el amor jamás está ocioso, y así será harto mala señal. Y Voltaire, más brevemente, dijo: El hombre ocioso sólo se ocupa en matar el tiempo, sin ver que el tiempo es quien nos mata. Y le digo que, tal vez, Machado, más cercano que todos los citados, pensara en ese valor de la perseverancia, la aplicación, cuando en el prólogo a Soledades escribía: reparad que no me jacto de éxitos, sino de propósitos. Porque lo que vale es la persistencia, la aplicación sin descuido.

           Por esa razón busco, pensando en santa Teresa, que el diablo no interfiera en mi vida; obedeciendo a Voltaire, no limitarme a matar el tiempo; adoptando la humildad de Machado, que me importen más los propósitos que los éxitos; en fin, respetando a Plinio, que no haya en mi vida ni un día sin línea. Eso me impulsa a seguir practicando senderismo, como ayer, que anduvimos por el Bosque del cobre, en Pujerra; a leer, a comunicarme con personas inquietas y amigos en las redes sociales, a mantener esta Agenda. Y a seguir escribiendo. Publicada ya Como médanos, ocupado con ir completando El extraño, inquietante, inverosímil y misterioso caso Zalabardo, que no será sino una especie de divertimento, un pequeño descanso tras el esfuerzo que han supuesto mis dos novelas primeras, voy esbozando los primeros trazos de otra, aún sin título, que formará con ellas una Trilogía del recuerdo y la memoria.

sábado, noviembre 25, 2017

SARDINAS Y ASCUAS



            Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que con eso amontonarás ascuas sobre su cabeza y el Señor te recompensará.
                                         [Proverbios, 25, 21-22]


            Entre los refranes, sentencias y decires que unen estas dos palabras, no hay duda, le comento a Zalabardo de que el más conocida es cada uno acerca el ascua a su sardina, con el que se quiere indicar que quien tal cosa hace busca aprovechar las ocasiones en beneficio propio aun si con ello se provoca un daño a otros. Luego es un dicho que encierra una alta dosis de insolidaridad.
            No he encontrado una explicación clara al refrán, aunque mi paisano Rodríguez Marín le asigna un origen andaluz y humilde. A los trabajadores del campo se les daba para comer sardinas, producto barato, que debían asar al calor del fuego, lo que provocaba que cada uno acercase las brasas a la suya con la consiguiente consecuencia de que la lumbre se deshacía y todos acababan perdiendo. No sé si será verdad o no, pero pudiera ser verosímil.
            Pero no solo hay este refrán con la sardina como protagonista, sino bastantes más: estar como sardinas en banasta (o en lata), ‘con bastantes apreturas e incomodidades’, ser la última sardina de la banasta, ‘tener poco valor o ser algo despreciable’; de la Virgen de julio a la Virgen de agosto, la sardina está en sazón, porque es la mejor época para comerla; sardina que lleva el gato, tarde o nunca vuelve al plato, con que se reprende la poca diligencia a la hora de hacer algo que nos reportaría un provecho; si no hay sardina, la foca no trabaja, para encarecer que toda tarea ha de tener su recompensa; para quien es excesivamente melindroso, avariento o exigente cuando no ha de correr con los gastos surgió en tu casa sardina y en la ajena gallina. Son, repito, muchos más, pero dejo para el final uno que debe remontarse a tiempos muy antiguos porque hace recordar el delicioso capítulo del Libro de Buen Amor en que el Arcipreste hace un encendido elogio de la mujer pequeña: la mujer y la sardina, cuanto más pequeña, más fina. Aunque el Arcipreste recurre a comparaciones más elegantes y valiosas (en chica rosa está mucha color / e en oro muy poco grand preçio e grand valor).

            Sobre ascuas encuentro menos variedad. Junto a la ya citada, conozco estar en (o sobre) ascuas, ‘estar expectante, inquieto’; andar (o dar pasos) sobre ascuas, ‘actuar con precaución, emitir una opinión con reservas porque pudiera estar equivocada’. Sin embargo, hay una, que conozco por la Biblia (aparece en los Proverbios y en la epístola a los Romanos), que no hallo recogida en diccionarios: poner a alguien ascuas sobre la cabeza. Me dice Zalabardo que menuda barbaridad, que hay que sentir mucho rencor hacia alguien para someterlo a tal castigo. Pero, leyendo los párrafos en que aparece, no creo que sea esa la explicación. Buscando, he encontrado una página en la que se argumenta que dicha expresión no encierra ninguna idea de venganza, sino todo lo contrario. Y se habla, le confieso a Zalabardo que tampoco puedo aquí decantarme, de una antigua costumbre, no ya solo entre judíos, en la que las mujeres encendían el fuego al inicio del día y recogían brasas que, puestas en un recipiente que colocaban sobre sus cabezas, iban repartiendo entre los vecinos. Naturalmente, este compartir el fuego con los demás no es ninguna muestra de venganza ni represalia, sino de paz y armonía.
            Algo que, por desgracia, y lo vemos por luctuosos hechos de estos días, nos está haciendo mucha falta.