jueves, septiembre 25, 2008



LA CENSURA

Me encuentro a Zalabardo medio abstraído, atento a la música que sale de la minicadena (ya no existe eso del tocadiscos, aquel entrañable picú de otras fechas) y no tengo que prestar demasiada atención para reconocer de inmediato la dulce voz de Gloria Lasso interpretando la canción Chiquillo. Me alarga un estuche-libro que lo aclara todo: Una historia de la censura musical en la Radio española, años 50 y 60. Bueno, aquella era una época en que la censura se cernía sobre todo: el cine, la música, la radio, los libros y poco después la televisión. Los funcionarios del Ministerio de Información y Turismo velaban por que nada pudiese dañar la estricta moral de los españolitos de la época. Quienes estéis ahora por debajo de los cuarenta difícilmente podréis imaginar qué era aquello. Las películas se clasificaban, según su grado de inocencia o peligrosidad, en 1 (niños hasta 14 años), 2 (jóvenes de 14 a 21 años), 3 (mayores de 21 años), 3R (mayores, con reparos; igual edad, pero con sólida formación moral) o 4 (gravemente peligrosa; no debe verse). Estas últimas ponían en pie de guerra a toda la clase biempensante de la localidad, empezando por los párrocos, que clamaban contra ellas desde el púlpito. Aún recuerdo el escándalo que en mi pueblo supuso el estreno de Arroz amargo, interpretada por la italiana Silvana Mangano.

Pero estábamos con la censura musical. No sé si alguna vez ha existido en un lugar alguien tan perseguido por la censura como Nat King Cole, aquel norteamericano que tuvo tanto éxito en nuestro país que tradujo gran parte de sus canciones a nuestra lengua. Pero los censores, duro y a la cabeza. ¡Qué pocas de sus canciones se libraron de pasar a engrosar la lista negra de la censura! Porque lo cierto es que existía una lista de lo que los veladores de la moral consideraban canciones prohibidas o, para utilizar un lenguaje menos duro, simplemente no radiables. A la cantante cubana Olga Guillot le censuraron Miénteme, porque en ella declaraba: que mientes al besar, al decir te quiero; me conformo porque sé que pago mi maldad de ayer. Esas palabras no iban nada bien con la casta y remilgada mujer española. Hasta Lola Flores fue censurada al prohibírsele la rumba-bolero Mil besos, en la que afirma: si es pecado amarte, yo he de seguir pecando, ¿por qué lo he de negar? Hasta ahí podíamos llegar; encima de todo, ausencia de propósito de enmienda. Y al bueno de Manolo Escobar, siempre acompañado por sus hermanos, le tumbaron Calma ese fuego, muchacho, porque en ella contaba lo que decía ser una enfermedad suya, gustarle mucho las mujeres, hasta el punto de que cada vez que veía una se le escapaba la mano y solo se detenía cuando recibía una bofetada de la agredida.

El procedimiento era simple. Todas las emisoras estaban obligadas a entregar con anterioridad a su radiodifusión el guión de las emisiones acompañado de la relación de música prevista para emitir. Los censores devolvían ese guión con las correcciones pertinentes. Y a otra cosa, mariposa.

Parecería que con los años esta tendencia represiva ha ido decreciendo, que la sociedad se ha hecho más liberal y permisiva, pero a poco que miremos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que nada es así. Un caso muy reciente lo hemos tenido en Italia, donde el capricho de Berlusconi, amo casi absoluto de medios y distribuidoras, ha conseguido que se prohíba la película de Oliver Stone que iba a inaugurar el Festival de Cine de Roma. Razón: la película, titulada W, narra el proceso por el que George W. Bush pasa de ser un joven alcohólico a presidente de los Estados Unidos y eso no le ha gustado al mandatario italiano, admirador y amigo del presidente yanqui. Y hoy mismo he leído que el consejero de Cultura, Juventud y Deportes del Gobierno murciano ha decidido suprimir la actuación del provocativo cómico italiano Leo Bassi de un festival por ellos organizado.

Pero si la censura en sí es un hecho reprobable y contrario al más mínimo derecho de expresión y opinión, nada puede ser peor que la autocensura. Todos habréis oído o leído el caso de la editorial americana Random House, que ha cancelado la publicación de la novela La joya de la medina, de Sherry Jones, porque en ella se narra la historia de Mahoma y su tercera esposa Aixa, con la que casó cuando ella tenía solo nueve años o, según otras tradiciones, seis. La historia, por otra parte, está recogida en el propio Corán, pero los editores temen posibles reacciones violentas por parte de los islamistas radicales.

En fin, el cuento de nunca acabar. Lo peor del caso es que siempre nos quedamos sin saber quién controla a los controladores. Y, mientras escribo, veo que Zalabardo escucha atentamente una canción del conjunto músico-humorístico Los Xey, quienes, en la versión que hacen de la canción mejicana El gavilán pollero, se quejan: se llevó mi polla el gavilán pollero, la pollita que más quiero. Que me sirvan otra copa, cantinero; sin mi polla yo me muero. Naturalmente, tampoco se podía emitir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Es maravilloso, escritor, que haya vuelto a escribir su agenda!. Me alegro mucho por ello; realmente no tenía muchas esperanzas de que volviera a escribir de nuevo, pero de tarde en tarde volvía a comprobarlo ojeando su agenda, y esta vez con un tema que yo también he sufrido, la censura.
Siempre su humilde lector, Andrés, el viejo de la colina.

Anónimo dijo...

La censura está presente siempre. Ayer en el programa "La Ventana" de la Ser escuché a los Andy y Lucas admitiendo que, tras sus primeros éxitos, su casa discográfica les "recomendó" que no trataran temas sociales en sus canciones. Los artistas admitieron la presión pero disculparon a la discográfica por los motivos comerciales con que justificaron la censura. ¿Ingenuos o interesados?
Un saludo, Jefe.