lunes, diciembre 21, 2009

FEMINICIDIO

Leyendo una información sobre el caso de la desaparición de mujeres en la mexicana Ciudad Juárez, y la posterior aparición de las mismas violadas y muertas, me di de bruces, en el mismo titular, con el sustantivo feminicidio, que el redactor escribe entre comillas, consciente de que es una palabra que no existe. En efecto, por mucho que busquemos, no la vamos a encontrar en ningún diccionario. Sin embargo, nadie tendrá inconveniente para entender su significado de forma inmediata. Hoy mismo me la he vuelto a encontrar, ya repetidamente utilizada en el cuerpo de otra información relacionada con el caso.
¿Cómo y por qué surge esta palabra? Todo es debido a un proceso muy fácil: el carácter articulado del lenguaje consiste en que, en un primer nivel de articulación, sus signos se descomponen en partes menores que pueden agruparse con otras para formar signos nuevos. Así, del latín caedo, 'matar', se genera el sufijo español -cidio, 'muerte causada a' que, unido a diferentes raíces da lugar a palabras como suicidio, 'muerte causada a sí mismo', regicidio, 'muerte causada a un rey', tiranicidio, etc.
Entonces, feminicidio es un vocablo totalmente válido, me inquiere Zalabardo. Y yo le contesto que sí, pero... Y de este pero me quiero ocupar hoy. Porque feminicidio es una muestra clara de cómo con el tiempo las lenguas van cambiando, esto se ha dicho aquí hasta la saciedad, y las palabras alteran, pierden, modifican, diluyen o amplían sus significados. Y los hablantes, que no tienen por qué conocer el origen de todos los términos, ayudan bastante en estas alteraciones de las que hablo.
Empecemos: feminicidio significa 'muerte causada a una mujer por otra persona'. ¿Y qué se dice cuando se provoca la muerte de un varón? Pues resulta que no hay palabra para ello, pues lo más próximo que en nuestra lengua tenemos es homicidio, que, respetando su etimología, significa 'muerte causada por una persona a otra'; es decir, muerte de un varón o de una mujer. ¿Qué es lo que ha pasado? Pasa que, en el lenguaje corriente, el significado de hombre, que según la primera acepción del DRAE es 'ser animado racional, varón o mujer', se ha deslizado paulatinamente hacia la segunda, 'varón, ser humano de sexo masculino'.
Echemos una ojeada al latín. En la lengua de Roma, homo significa 'perteneciente al género humano', de humus, 'tierra', por lo que homo es igual que 'procedente de la tierra'. Y a su vez, homo es el hiperónimo, palabra que en su significado contiene el de otras palabras, de vir, 'varón' (o mas, 'macho', referido a animales), y mulier, 'mujer' (o femina, 'hembra' tanto para personas como para animales, puesto que el significado último de femina es 'la que amamanta'). O sea, que tanto hombre, masculino, como persona, femenino, designan por igual al varón y a la mujer.
¿Qué ha pasado?, repito. Pues que hombre ha volcado su inicial significado hacia el de 'varón' de tal manera que ha sido este último el que parece predominar en la conciencia de muchísimos hablantes. Tanto que, en una época tan reivindicativa de dejar bien marcados la función y el valor de la mujer, incluso en el lenguaje, el redactor del titular del que hablo se ha creído en la necesidad de crear el término feminicidio sin saber, o a lo mejor sabiéndolo, que lo que pretende decir está ya contenido en homicidio.
Ese es el pero que yo oponía a la consulta que me hacía Zalabardo. Aun así, que feminicidio triunfe o no, que acabe imponiéndose o no, no es ningún grave problema ni, por supuesto, es como para rasgarse las vestiduras. Hay cosas, por el contrario, que sí claman al cielo. Ayer mismo leía en un periódico digital, y de forma reiterada, que el obispo había *reconvinado públicamente al PNV por su postura [ante la cuestión del aborto]. Al parecer, quien escribiera eso olvidaba, quiero pensar que sea eso, que estaba usando el verbo reconvenir, derivado de venir, y cuyo participio es reconvenido y no reconvinado.
Pero como se nos echa encima la Navidad y esta mañana llueve de forma que es una bendición, por la falta que hace, Zalabardo me pide que no reconvenga a nadie con dureza, sino que desee paz y felicidad a todos. Descansaremos unos días y, pasadas las fiestas, estaremos de nuevo aquí.

viernes, diciembre 18, 2009


UNA GRAMÁTICA EDUCADA

Hablaba el otro día de que la nueva gramática editada por las Academias tiene un carácter prescriptivo, es decir, indica la conveniencia o inconveniencia de determinados usos y giros. Lo que ya no decía es la manera en que hace tal cosa. Si no estoy equivocado, era Ignacio Bosque quien explicaba que, en un principio, habían acordado seguir el criterio del Diccionario panhispánico de dudas y hablar de usos correctos e incorrectos según los casos, pero que luego pensaron que era mejor hablar de usos aconsejables o no aconsejables. Es, sin duda, una forma cortés de avisar lo que se puede y lo que no se puede hacer cuando nos servimos de nuestro idioma.
Me dice Zalabardo que a él le hubiese parecido mejor calificar de incorrecto lo que no se debe hacer para que a nadie quede la duda de si todo depende del criterio particular de cada hablante. Le contesto que a mí me parece igual una cosa que otra porque cada vez estoy más convencido del desinterés que sienten hacia la gramática quienes más debieran ajustarse a ella, es decir, todos aquellos que trabajan primordialmente con el lenguaje y, son, por ello, modelos que mucha gente común imita: políticos, periodistas, políticos..., sin que dejemos atrás, siento decirlo, a bastantes profesores. En los periodistas el hecho es muy grave por la sencilla razón de que casi todos los medios disponen de un Libro de estilo que, lamentablemente, también se olvida. Y en los profesores no digamos, dado que ellos son quienes proporcionan la primera formación a los jóvenes.
Creo que en estas notas se ha hablado con anterioridad de la cantidad de errores que se cometen en el uso de los pronombres personales átonos. Los profesores de lengua saben bien las dificultades que los alumnos encuentran para dominar el sistema pronominal. A este propósito, pienso que mejor que insistir demasiado en la teoría gramatical sería un aprendizaje práctico (para eso sirven los ejercicios de redacción). De todas, formas, tal vez en las facultades de periodismo habría que insistir más en todas estas cuestiones (evitación de leísmos y similares, construcciones con se, duplicación de los pronombres, etc.)
Me quiero fijar hoy en este último caso, que es, me parece, uno de los que hace incurrir en mayor número de errores. Sobre todo, con la duplicación del pronombre le. Escojo para ello un texto leído el domingo pasado: Siempre pensé que la serie le gustaría a los niños aunque no sabía si los adultos le darían una oportunidad porque no existía algo así. Veamos primero, por si alguien no lo tiene claro, qué es eso de la duplicación. Lo explica así la nueva Gramática: "Se llama duplicación el proceso sintáctico que permite la aparición conjunta de un pronombre átono acusativo o dativo junto con su variante tónica o junto con el grupo nominal al que se refiere" (§ 16.14a). Según eso, hay duplicación en lo vieron a él y en le preguntaré al profesor.
Lógicamente, se entiende que el pronombre átono debe presentar concordancia con el tónico o con el grupo nominal al que se refiere. Lo leemos en la Gramática: "Los pronombres átonos concuerdan con los tónicos, o con el grupo nominal al que hace referencia en las construcciones reduplicadas [...] Sin embargo, es frecuente que los pronombres átonos en dativo de tercera persona del singular dupliquen en la misma oración a un grupo nominal con a construido en plural: *le dio manises a los monos" (§ 35.2j). "No obstante, en los registros formales se aconseja mantener la concordancia de número entre el pronombre dativo y el grupo nominal o pronombre tónico al que se refiere: les dije la verdad a los policías" (§ 35.2k). Creo que está bastante claro; la gramática académica se hace eco de la frecuencia del uso incorrecto, pero con ese se aconseja deja dicho qué es lo correcto.
Y mucha gente se pregunta: ¿tanta importancia tiene eso? Vamos a verlo con el ejemplo que traigo hoy. En él se dice le gustaría y le darían. ¿A quiénes se refieren esos le? La referencia del primero es a los niños, lo que quiere decir que debería haberse escrito, de acuerdo con lo leído más arriba, les gustaría a los niños. Si en este primer caso hay un error, ¿quién nos dice que no lo hay también en el segundo? Sin embargo, al fijarnos con atención, notaremos que el segundo se refiere a un grupo nominal omitido, la serie, que era sujeto de gustaría, pero complemento indirecto de darían, y que se omite porque ya ha aparecido antes, por lo que esta vez es correcto (le darían una oportunidad a la serie).
A causa del primer error, nos encontramos con una frase que pudiera tener dificultades para su comprensión. ¿Cuestión simple? Tal vez sí, pero para aclararla cuando tengamos dudas está la gramática, que esta vez se nos presenta no antipática, como decía Valle-Inclán, sino muy educada.

lunes, diciembre 14, 2009

PIRATAS
Zalabardo y yo mantenemos frecuentes conversaciones. Esta mañana, durante el paseo, hacía tanto frío que hasta se quitaban las ganas de hablar. Pero, aun así, lo hemos hecho sobre lo mucho que, siendo ambos niños, nos gustaban los libros de aventuras. Él me decía que los que más le atraían eran aquellos en que se combinaba la aventura con lo que pudiésemos llamar literatura de anticipación, es decir, las novelas de Julio Verne; en cambio, a mí los que más me llamaban la atención eran los de piratas, al estilo de Emilio Salgari. No obstante, uno y otro coincidimos en manifestar un aprecio especial hacia un título concreto, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. El otro día, leía en un artículo de José Mª Guelbenzu que Stevenson es el mejor contador de historias que ha dado la literatura inglesa. No me atrevo a decir ni que sí ni que no, pero no me extrañaría que dicho juicio sea acertado.
Comentaba con Zalabardo que esa novelita de referencia me la leí más de una vez e, incluso ya de mayor, varias veces he vuelto sobre ella. El recuerdo primero que me viene a la mente es el de estar metido en cama curando una gripe mientras la leía. Entonces, me imaginaba ser el propio Jim Hawkins tratando de hallar en la isla el tesoro escondido del pirata Flint mientras luchaba en su interior con esos sentimientos encontrados de atracción y rechazo hacia la figura de John Silver, el Largo, según las circunstancias cambiantes del desarrollo de la aventura. Todavía hoy, pese a todo, conservo un cierto aprecio por la figura de este pirata.
Los piratas de nuestras lecturas, más de las mías, como dejo dicho, eran figuras de intenso carácter romántico, seres a quienes una traición o un tratamiento injusto había llevado a ese camino, aunque su comportamiento dentro del filibusterismo estuviese todo él repleto de connotaciones positivas. Tal sucede con el Capitán Singleton, de Defoe, con el Capitán Blood, de Sabatini, o con Sandokán y con Emilio de Roccabruna, el Corsario Negro, de Salgari. A unos los conocí directamente por las lecturas, a otros por el cine; pero a todos los recuerdo con cariño.
En un momento de la charla, Zalabardo me decía que, aunque siempre los piratas fueron piratas, y por tanto delincuentes, la literatura y el cine nos han dado de ellos una imagen que quizás no haya existido nunca. No tienes más que atender, me sugería, al problema de los piratas que en el presente vuelven a actuar en las costas de Somalia y de los que tanto se habla ahora, sobre todo después del secuestro del atunero Alakrana. ¿Tú crees que alguna vez existió un pirata que buscase el bienestar de los más desfavorecidos? Los piratas, decía, siempre han sido malvados, como lo era John Silver, que solo mostraba buena cara cuando quería atraerse a los incautos como Jim Hawkins.
De pronto, la conversación dio un giro porque a mí se me ocurrió preguntarle por la piratería en el caso de las descargas ilegales en Internet. A decir verdad, en un principio lo dejé sin palabras, porque no esperaba tal pregunta, según iba la conversación; pero se rehizo pronto y me dijo muy serio: Yo de eso no entiendo.
¿Y quién diablos entiende entonces? Porque resulta que oyes a unos y a otros y todos parecen tener la razón. Y eso, al menos a mí, me crea un conflicto mental bastante complejo. Trato de plantearme algunas de las cuestiones que el tema genera y no sé a qué carta quedarme. A veces me parece que la postura de la SGAE es antipática, por lo que pesa mucho en el sesgo que con frecuencia toma el conflicto; otras, creo que se limita a defender los intereses de sus asociados. En cualquier caso, hay suficientes aspectos en el tema que me provocan esta actitud de no saber qué pensar:
Si nos cobran un canon, un sobreprecio, por cada cedé que compramos, sin entrar en la cuestión de qué uso le daremos, sino prejuzgando que lo utilizaremos para una copia pirata, ¿por qué va a ser ilegal dicha copia?
Por otra parte, pienso que el derecho de autor debiera ser sagrado. Si un peluquero, un verdulero, un taxista, etc., nos cobra por el servicio que nos presta, ¿por qué el trabajo de un artista (novelista, cantante, autor...) no ha de ser remunerado por todo el que se sirva de él?
En el caso de un disco, o de una película, un libro, ¿es su precio tan abusivo como para que busquemos acceder a sus contenidos por otros medios? ¿Qué beneficios generan y quién se queda con la parte del león? ¿De qué manera se suprimirían tales abusos, si es que los hay?
Si el dueño de una casa la puede legar a sus descendientes sin ningún tipo de restricción, ¿por qué un novelista, por ejemplo, no puede legar los beneficios de su trabajo para siempre y sus derechos prescriben después de un tiempo?
¿Es verdad que el principio de libertad lo justifica todo, "todo", en Internet?
Podría seguir planteando cuestiones como esas, o parecidas, pero, ya digo, no tengo respuesta para ninguna. De todas formas, yo, que antes me descargaba archivos de música o de vídeo sin ninguna clase de remordimiento, ahora me lo empiezo a pensar.

jueves, diciembre 10, 2009


A VUELTAS CON EL GÉNERO (¿FINAL?)
Hace solo unos días que salió a la venta la Nueva gramática de la lengua española, obra de interés capital por diferentes motivos: porque viene avalada por las veintidós Academias de la lengua, lo que la hace válida para todo el ámbito hispánico; Porque viene a cubrir un vacío notable, ya que nuestra lengua se regía por una Gramática redactada en 1931, es decir, hace casi ochenta años; por su magnitud y alcance, pues su redacción se ha dilatado durante los últimos diez años y los dos tomos aparecidos ahora, falta el dedicado a la fonética, suponen más de tres mil ochocientas páginas; y por su naturaleza, pues al carácter descriptivo (dice cómo funciona la lengua) añade el prescriptivo (señala qué usos son correctos y cuáles deben ser desechados).
Estando el primer capitulo dedicado a cuestiones de carácter general y de presentación de la obra, el segundo se le dedica al género. Ignoro si es algo premeditado o casual. En cualquier caso, el género es una de las cuestiones lingüísticas de mayor calado planteada en los últimos años. Y aunque Zalabardo me avisa que ya hemos dedicado muchos de estos apuntes a tal tema, me resisto a dejar pasar cuál es la opinión de la gramática oficial de nuestra lengua y, por tanto, de las veintidós Academias que la sustentan.
Primero, sobre la confusión entre género gramatical y sexo: "El género es una propiedad de los nombres y de los pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores, los adjetivos" (§ 2.1a). "Con muchos sustantivos que designan seres animados, el género sirve para diferenciar el sexo del referente" (§ 2.1b). "Aun así, a algunos sustantivos que designan seres sexuados [testigo, cónyuge, pianista...] les corresponde más de un género" (§ 2.1b, § 2.4a).
Segundo, sobre el valor genérico del masculino: "El género no marcado en español es el masculino [...] La expresión no marcado alude al miembro de una oposición binaria que puede abarcarla en su conjunto [...] En la designación de los seres animados, los sustantivos de género masculino no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también -en los contextos apropiados- para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos" (§ 2.2a). "Es habitual en las lenguas románicas, y también en las de otras familias lingüísticas, usar el plural de los sustantivos masculinos de persona para designar todos los individuos de la clase o el grupo que se menciona, sean varones o mujeres" (§ 2.2b).
Tercero, sobre la inconveniencia del desdoblamiento genérico y usos afines: "En el lenguaje de los textos escolares, en el periodístico, en el político, en el administrativo y en el de otros medios oficiales, se percibe una tendencia reciente [...] a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de persona que manifiesten los dos géneros (a todos los vecinos y vecinas...) [...] Exceptuados los usos [en que el desdoblamiento se interpreta como señal de cortesía: señoras y señores, amigos y amigas...] el circunloquio es innecesario cuando el empleo del género no marcado es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo" (§ 2.2f). "Algunos han negado que el uso genérico del masculino esté asentado en el idioma y sugieren en su lugar nombres colectivos o sustantivos abstractos [...] Son más los que han hecho notar que estas sustituciones son imperfectas desde el punto de vista léxico o desde el sintáctico, [...] inadecuadas [y] empobrecedoras. No equivalen, en efecto, mis profesores a mi profesorado, nuestros vecinos a nuestro vecindario, los amigos a las amistades, los ciudadanos a la ciudadanía..." (§ 2.2i).
Cuarto, sobre los nombres comunes en cuanto al género y relativos a profesiones, títulos y actividades. "Se ha comprobado que la presencia de marcas de género en los nombres que designan profesiones o actividades desempeñadas por mujeres está sujeta a cierta variación [...] La lengua ha acogido bedela, coronela, edila, jueza, médica o plomera, pero estas y otras voces similares han tenido desigual aceptación" (§ 2.6a). "Otros sustantivos de persona que designan cargos, títulos, empleos, profesiones y actividades diversas, y hacen el masculino en -o [muchos de ellos considerados antiguamente comunes en cuanto al género] presentan el femenino en -a: abogado/abogada, árbitro/árbitra, médico/médica, magistrado/magistrada, torero/torera..." (§ 2.6f).
A todo lo anterior me gustaría añadir las palabras de Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, a propósito del tema: "Se confunde el sexo con el género y se fuerza algo que contradice una ley básica. la economía de la lengua, decir con la menor cantidad de palabras posible la mayor cantidad posible de ideas". A lo que añade Ignacio Bosque, ponente de la recién nacida edición de la Gramática: "Lo curioso es que nadie dice voy con mis hijos y con mis hijas a que jueguen con tus hijos y con tus hijas. Los mismos que dicen los vascos y las vascas dicen luego ayer fui con unos amigos a cenar. ¿Por qué? Porque no tienen un micrófono delante".
Le digo a Zalabardo que, tras todo esto, yo nada tengo que añadir y que espero que esta sea la última vez que el tema se asome a estas páginas. Me hace un gesto de incredulidad y esboza una socarrona sonrisa.

jueves, diciembre 03, 2009

A VECES VEO COSAS

Que todo el mundo permanezca tranquilo. Ni yo poseo un sexto sentido que me lleve a ver lo que otros no alcanzan, ni lo posee Zalabardo; al menos que yo sepa. A estas alturas, sería una sorpresa bien grande para mí, después de andar tantos años juntos por ahí.
Simplemente sucede que noto de un tiempo a esta parte que algunos de los apuntes tienen un aire de seriedad algo extrema que se desdice con lo que en su origen esta agenda quería ser. Cuando Zalabardo decidió cedérmela para que yo fuese rellenando sus hojas, prometí no adoptar actitudes excesivamente trascendentalistas, que los contenidos se expondrían con un aire desenfadado y más tirando hacia la sonrisa que hacia el rostro serio.
También decía que los apuntes versarían básicamente sobre cuestiones relacionadas con el lenguaje aunque no descartaba, por supuesto, comentarios sobre actualidad, medio ambiente y otros temas diferentes. En ese aspecto creo que voy cumpliendo, pese a esa actitud que digo que resulta posiblemente más seria de lo que debiera. Y mira que Zalabardo, que vigila hoja por hoja todas las que escribo, no deja de avisar, especie de conciencia a lo Pepito Grillo, cada una de mis desviaciones del camino al inicio prometido.
Yo bien quisiera hacerle caso en cada una de las ocasiones en que me da un tirón de orejas, porque nada me disgustaría más que aparecer aquí como un censor severo o un impertinente crítico de costumbres y usos. Ya hay otros que se dedican a eso y que lo hacen bien (o al menos se lo creen), con su chispita de acrimonia y todo. Aunque luego metan la pata como estamos comprobando por algunos casos recientes.
Pero, ya digo, a veces veo cosas. Puede ser en la calle o en la tele. O las leo en la prensa o las oigo en la radio. Y algo me lleva a dejar, también yo, mi comentario, como cualquier tertuliano de esos de los que tantos hay por ahí. Zalabardo me dice en tales ocasiones: "Contente, cuenta hasta diez y, luego, decide." Y cuento, a veces, hasta veinte incluso. Pero la carne es débil y cedo a la tentación. Luego, a lo mejor me digo: "Te deberías haber quedado callado." O me suelta Zalabardo: "¿Ves lo que te decía?"
En cambio, cuando uno se dedica solo a comentar, digamos, por ejemplo, el papel de los semicultismos, o de las etimologías populares, o de las metátesis (o sea, el cambio de lugar de una sílaba o un fonema dentro de una palabra) en la formación del español, podría conseguir hasta que lo tildaran de ocurrente por contar determinadas historias. Como la de que el semicultismo Mérida, procedente del latín Emérita, evitó que el nombre de la bella ciudad extremeña deviniese en Mierda, que era el proceso fonético lógico. O la de que destornillarse (en lugar de desternillarse) no es más que una etimología popular porque se piensa derivada de tornillo y no de ternilla, que es lo suyo.
Cualquiera que haya estudiado filología, y yo lo hice utilizando como manual la Gramática histórica del español, de don Ramón Menéndez Pidal, sabe estas cosas. Como también que, a causa de una metátesis, parábola dio en español palabra en lugar de *parabla, que era lo que procedía; o que periculu derivó en peligro en lugar de en *periglo; o que de appetorare nos viene apretar y no *apetrar y de bifera, breva y no *bevra. Todo ello, ya digo, por la metátesis, mire usted por dónde.
¿Y qué fue de esta señora metátesis, tan juguetona? ¿Se jubiló ya como estos dos carcamales que somos Zalabardo y yo? Pues no, que sigue vivita y coleando y más lozana que un clavel en abril. Lo que sucede es que los cambios en la lengua se producen con mucha lentitud. Cada día con más, porque la lengua escrita hace que las formas tiendan a permanecer inamovibles. Y en nuestros tiempos, la influencia de la norma escrita y hablada (la fuerza de los libros, la prensa, la radio, etc.) es tanta, que resulta más complicado que triunfe cualquier cambio de estos de los que hablamos.
Sin embargo (¿por qué siempre habrá un sin embargo?), la metátesis, como digo, sigue terne entre la gente común y corriente y eso es lo que nos lleva a decir muchas veces Grabiel, cocreta, dentrífico, metereólogo, presignarse, en lugar de Gabriel, croqueta, dentífrico, meteorólogo o persignarse, que son las formas correctas.
Zalabardo se ha plantado ante mí y me espeta muy ufano: "¿Te ha costado tanto? ¿Ves cómo es posible escribir también de cosas intrascendentes e irrelevantes?" No tengo respuesta porque, como casi siempre, sé que tiene razón. Pero le digo que comprenda también mi postura, porque, a veces, es inevitable ver cosas y no sé si se deben cerrar los ojos ante ellas.

martes, diciembre 01, 2009

SOBRE DIOS Y EL CÉSAR

Hablo con Zalabardo de que, cuando una situación se dilata durante mucho tiempo, se crean unos tics que son difíciles de eliminar y que, en consecuencia, perduran, también, durante mucho tiempo. No excluimos a nadie, pues las personas somos animales de costumbres y ya se sabe que algunas de estas costumbres cuesta desterrarlas.
Cuando en clase explicaba a mis alumnos la resistencia al cambio del lenguaje administrativo y jurídico, solía contarles aquella anécdota del Ayuntamiento de Córdoba tras el triunfo del Partido Comunista en las primeras elecciones municipales de nuestra moderna democracia. El grupo municipal comunista presentó una moción para que se suprimiera de los escritos oficiales aquella fórmula de despedida que decía Dios guarde a usted muchos años, porque no la consideraban propia de un ayuntamiento comunista y ateo. No hubo ningún problema para aprobar la moción; el problema vino después, cuando se vieron incapaces de encontrar otra fórmula que la sustituyera. Ese D.g.u.m.a. era un tic difícil de suprimir.
La Iglesia Católica española, ignoro qué pasará en las de otros lugares, sigue apegada a muchos tics heredados de aquella larga serie de años en que anduvo brazo con brazo unida a las jerarquías civiles. Ni el Estado era capaz de dar un paso sin contar con la Iglesia ni esta dejaba que lo diese. Su poder alcanzaba cotas que hoy cuesta trabajo imaginar.
En un Estado aconfesional y laico no tendría por qué contar la Iglesia, no ya la católica, ninguna de las iglesias, con ningún peso. El estado representa al mundo civil, temporal, mientras que las iglesias representan a un mundo espiritual, supraterreno. Ámbitos diferentes. Así debiera ser y así es en los estados que pudiésemos llamar modernos. Pero sabemos que hay otros en que lo terrenal y lo espiritual se confunden, como las churras con las merinas. Los estados legislan para una sociedad civil; las iglesias, para una sociedad espiritual. ¿Casos en que esto no se da? Por ejemplo, en Italia con la cuestión sobre los crucifijos y otros símbolos religiosos en las aulas de los centros públicos; en España, con el conflicto actualmente planteado en torno al tema del aborto.
Parece que los rectores de nuestra Iglesia Católica se olvidan de aquello que dijo Jesucristo sobre lo que se debía dar a Dios y lo que correspondía al César. De lo que no se olvidan, ya digo eso de los tics, es del poder que en otro tiempo tenían. Parecen añorarlo. Hay quien no se acuerda, hablo a los jóvenes, de la fuerza que tenía la censura eclesiástica no solo en los años inmediatamente siguientes a la guerra civil, sino también en aquellos llamados del tardofranquismo. Quiero traer aquí dos ejemplos para quienes no recuerden aquella época.
El primero me vino al recuerdo al ver el cierre metálico de una tienda de la calle Pozos Dulces, esquina a Compañía. Hubo en tiempos, no sé si perdura, una marca de prendas vaqueras que era Jesus, así, sin tilde. En Italia, uno de sus productos se anunció con la imagen que sirve de cabecera al apunte de hoy. Pues bien, en nuestro país, ese eslogan, Chi mi ama me segua. Jesus, pareció blasfemo por sus connotaciones evangélicas y hubo que sustituirlo por un simple y soso Sígueme, que es el que todavía persiste en la tienda de que hablo.
Al hilo de esta actuación de la censura me vino el otro ejemplo, este de una novela, Tiempo de silencio, escrita por Luis Martín-Santos y que se publicó en 1961 extensamente mutilada. Habría que esperar a la decimosexta edición, de 1980, casi veinte años después, para disfrutar del texto completo, sin los cortes de la censura. Valga este ejemplo de la secuencia 23: el protagonista, Pedro, después de una noche de borrachera ha llegado a la pensión donde vive y la dueña, doña Dora, le ha tendido una trampa para que entre en la habitación de su hija y se acueste con ella, para así obligarlo a que se case. Todavía presa de los vapores del alcohol, Pedro regresa a su habitación y decide echarse agua para espabilar y aclarar las ideas. En el texto de 1961 se leía: Agua fría. Remedios primitivos: la telaraña en la herida, la sábana entre las piernas, la saliva en el mordisco, el pichón abierto en la fluxión de pecho, la sanguijuela en la apoplejía, la purga en el cólico miserere. Los baños purificativos, la resurrección del muerto llevado en el carro que cae al vadear el río, el taurobolio, el baño de sangre bajo el gran ídolo de los sacrificios, la lluvia, la lluvia.
Lo que el autor había escrito, y que no se pudo leer hasta 1980, fue: Agua fría. Remedios primitivos: la telaraña en la herida, la sábana entre las piernas, la saliva en el mordisco, el pichón abierto en la fluxión de pecho, la sanguijuela en la apoplejía, la purga en el cólico miserere. Los baños purificativos, el bautizo, la resurrección del muerto llevado en el carro que cae al vadear el río, la piscina de Siloé, la inmersión de la muchacha jorobada con el mal de Pott en el gluglú de la gruta de lurdes, el taurobolio, el baño de sangre bajo el gran ídolo de los sacrificios, el Jordán con una concha venida de un mar que no está muerto, la voz desde lo alto explicando que este es su hijo muy amado, la lluvia, la lluvia.
Era muy largo el brazo de la censura. Y parece que quiere volver por su fueros. De forma machacona, sigue regresando a mi mente aquello de que lo que no se puede decir no se debe decir. Me comenta Zalabardo que lo peor del caso es que no solo parece querer renacer esta censura eclesial, sino que hay otros muchos tipos de censura que también pugnan por el regreso.

viernes, noviembre 27, 2009

LOS PIES DEL GATO

¿Cuántos son los pies que deseamos encontrar a ese dichoso gato del refrán: tres o cinco? La forma más usual en nuestro tiempo habla de buscarle tres, aunque eso no parece sino que sea una degeneración del dicho primitivo, ya que, en su Tesoro, Covarrubias habla de buscarle cinco pies al gato y solo a partir del Quijote se le vienen buscando tres. Parece que cinco es lo correcto, puesto que Covarrubias lo explica argumentando que se dice así del hecho de que alguien quiso presentar la cola del gato como su quinto pie.
También hay conflicto en lo que concierne al significado de la expresión: el DRAE dice que significa 'buscar soluciones o razones faltas de fundamento o que no tienen sentido' y 'empeñarse en cosas que pueden acarrear daños'. Parece estar puesto en razón el primero de los significados si atendemos a que Covarrubias afirma que 'se dice de quien con sofisterías y embustes nos quiere hacer entender lo imposible'. Por su parte, José María Iribarren mantiene que este es su significado impropio, pues propiamente, según sostiene él, 'se dice de los que tientan la paciencia de alguno, con riesgo de irritarlo'.
¿De dónde saca Iribarren tal afirmación? Lo ignoro, pues él no lo dice, se limita a plantearlo. Sin embargo, pienso que entre una y otra acepción hay más encaje del que pudiera parecer, dado que ese pretender hacer entender lo imposible surge casi siempre provocando la irritación del oponente, de cuya paciencia se abusa al forzar artificialmente una argumentación para demostrar algo imposible. Vamos, que quien busca esos tres o cinco pies al gato no pretende sino, con perdón, joder la marrana, según se dice coloquialmente.
¿Y quién está ahora tratando de hallar esos pies y a qué gato? Creo que la mayoría de nosotros, por no decir la totalidad, que hay que huir de generalizaciones. ¿Habéis observado qué trabajo nos cuesta aceptar que los demás pueden tener una opinión diferente a la nuestra y cómo saltamos a la primera en nuestro afán de demostrar que la razón siempre nos asiste y los equivocados son los otros? Nos cuesta Dios y ayuda oír según qué argumentaciones y no digamos nada lo que nos cuesta verlas negro sobre blanco, escritas en los papeles. Entonces ya es que nos indignamos.
No debiera ser así. pero llevamos tanto tiempo educados en aquello de 'lo que no se puede decir no se debe decir', que ya enunciara Larra, y pesa tanto sobre nuestras espaldas la moderna plaga de la corrección política, que son incontables las ocasiones en que damos al traste con el que debiera ser inviolable derecho a la libertad de expresión.
Me avisa Zalabardo de que, hasta ahora, que voy sobrepasando la mitad del espacio dedicado a estos apuntes, no he dicho a qué obedece lo del gato y sus pies y por qué termino hablando de la libertad de palabra y pensamiento. Tiene razón. Resulta que hace unos días, concretamente el pasado 19, El País publicó un artículo de Enrique Lynch titulado Revanchismo de género. En mala hora se le ocurrió a su autor escribirlo y al diario publicarlo. Se ha disparado toda una batería de artículos atacando las tesis defendidas por Lynch y de carta de protesta dirigidas al periódico por haber publicado dicho artículo. No voy a citar argumentos y contraargumentos porque los considero conocidos ambos.
Vayamos por partes, Estoy en desacuerdo con gran parte de las cosas que dice en su escrito E. Lynch. Y no diré que carece por completo de razón porque pienso que nadie carece de ella totalmente. Podría, incluso, decir que el autor está plenamente desacertado en su argumentación, que tampoco es eso. Pero de ahí a reprochar a un medio de comunicación que haya publicado el artículo me parece que media un abismo. Es una completa barbaridad querer silenciar aquellas voces que no nos resultan agradables de oír.
Otro ejemplo, de diferente asunto y tenor. Ahora mismo, mientras escribo esto, oigo en la radio cómo el PSC y otros partidos catalanes denigran al Tribunal Constitucional, antes de que emita su fallo, y amenazan con lanzar "un plan de acción" si este termina considerando que algunos artículos del Estatut están en franca oposición con la Constitución. Más. Ayer, doce periódicos catalanes publicaban un editorial común sobre el tema. Pero vamos a ver, ¿para qué sirven la Constitución y el Tribunal Constitucional si no los aceptamos como árbitros de nuestro caminar político? ¿Qué democracia es esta si empezamos por no aceptar la primera de las leyes porque no se pliega a nuestros caprichos? Le digo a Zalabardo: si consideramos que ni la una ni el otro valen para la realidad actual de nuestro país, pidamos su reforma y cambio; pero, mientras tanto, respetémoslos.
Esos son, le digo a Zalabardo, todos los gatos en los que pensaba y los pies que les buscamos a cada uno de ellos. Me da igual que se busquen tres o cinco, porque los gatos no tienen más que cuatro, pese a quien pese.

martes, noviembre 24, 2009


CERCA DE LAS ESTRELLAS

En las cumbres de Sierra Nevada, ya a tiro de piedra de la cima del Veleta, sobre la llamada Loma de Dílar, en la cota de los 2896 metros, se alza el Observatorio de Sierra Nevada, dependiente, no sé si a partes iguales, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Astrofísico de Andalucía. Este pasado sábado tuvimos la suerte de visitar sus instalaciones y de conocer con detalle su función. Esta vez, Zalabardo no nos acompañó porque a él las alturas le dan un poco de yuyu.

La carretera de Sierra Nevada, como creo que bien se sabe, es la más alta de Europa, atraviesa la sierra casi por la cima misma del Veleta y desciende luego, por el otro lado, hacia Capileira y la Alpujarra. Pero esta carretera, aparte de que se encuentra intransitable la mayor parte del año, está vedada a partir del Llano de la Virgen a los vehículos privados y solo abre su valla para los vehículos oficiales de la estación de esquí o los de los observatorios, pues aparte de este del que hablo, un poco más abajo está también el radiotelescopio, que es de titularidad alemana. Por tanto, nos habíamos citado en el aparcamiento del ya vetusto Albergue Universitario, donde seríamos recogidos por un todoterreno del Instituto.

El Observatorio es, arquitectónicamente, una construcción muy simple: un prisma cuadrangular irregular distribuido en un semisótano y dos plantas. En la parte superior, una a cada uno de los lados mayores, dos bóvedas, una de cinco metros y otra de ocho, cobijan los telescopios, uno de 0,90 m. de apertura y otro de 1,5 m. Aparte de las estancias reservadas a su función científica, el edificio dispone de un salón-comedor con radio y televisión, una biblioteca, una cocina y dormitorios para quienes allí trabajan.

Aunque las tareas de observación astronómica ya se realizan casi todas desde Granada, a través de Internet, en la sierra deben permanecer de manera continuada integrantes del servicio de mantenimiento y algún astrofísico, todos ellos con la misión de que el Observatorio esté siempre en perfecto estado de funcionamiento y puedan trabajar sin problemas quienes se encuentran cómodamente instalados abajo, en la ciudad.

El sábado, los visitantes fuimos amablemente recibidos y atendidos por dos de esta personas, José Luis, sobrino mío, que nos había gestionado la visita, y Víctor, astrofísico del Instituto. No voy a repetir aquí todo lo que nos enseñaron y explicaron; primero, porque no sé si sería capaz de reproducir con exactitud cuanto oímos y vimos. Segundo, porque aquello es más para ver que para contar. Eso sí, todo resultó del máximo interés, lo que hace ya de principio valiosa la visita.

Sí me gustaría dejar constancia, más que del interés científico del Observatorio, de su vertiente humana. Trabajar allí requiere, primero, mucho amor a la montaña, pues durante la mayor parte del año las condiciones meteorológicas son adversas: frío, fuertes vientos, tormentas, grandes nevadas. Para una visita como la nuestra, se requiere que acompañen las condiciones atmosféricas. Cuando no hay nieve, el todoterreno puede subir y bajar al personal por pistas que difícilmente aguantan este nombre (el sábado, para inquietarnos un poco, José Luis nos hizo subir por unos barrancos de increíble pendiente). Menos mal que, en la bajada, Víctor nos llevó por el camino "normal". Pero cuando el invierno llega, que aquí llega pronto, aunque este año se esté retrasando como en todas partes, hay momentos en que ni el coche ni las motos de nieve son efectivas y no queda más remedio que moverse con esquís. Y eso, cuando el edificio no queda medio sepultado por la nieve y el aislamiento es total.
En previsión de tal circunstancia, el Observatorio dispone de un almacén de alimentos para una larga temporada, pues no son raras las ocasiones en que no es posible salir ni llegar a él durante una quincena o más. Por eso, para trabajar allí, se requiere, en segundo lugar, mucho amor a la profesión. Y tener una cabeza muy bien amueblada para soportar el encierro cuando la ocasión llega.
Lo mejor de todo, siendo todo interesante, fue la gentileza de José Luis por prepararnos la visita y la de Víctor por explicarnos todo con un increíble lujo de detalles. A propósito, Víctor no solo es un pozo de sabiduría astrofísica, y de otras materias, sino que es un gratísimo conversador y un catálogo andante de anécdotas de todo tipo. De todo ello pudimos disfrutar tanto arriba como abajo, en el Albergue Universitario, mientras dábamos cuenta de la paella que habíamos encargado. Si no hubiera sido por su miedo a las alturas, Zalabardo habría disfrutado tanto como nosotros.

viernes, noviembre 20, 2009

A DOS CARAS, COMO LOS HOMBRES MALOS

Comentaba el otro día con Lola cómo, cuando uno es mayor, surgen más frescos los recuerdos de tiempos pasados que de los presentes. Este apunte de hoy va un poco por ahí. En la plaza de San Pedro, haciendo esquina con la calle del mismo nombre, en mi pueblo, había un barecito donde solía acudir, de vez en cuando, Zalabardo para echar una partida de cartas; en aquel lugar se jugaba, sobre todo, al tute subastado. El maestro indiscutible en estos lances era un señor mayor, jubilado como nosotros ahora, llamado Pepe Verdolaga. Nunca supimos si esto de Verdolaga era apellido o, simplemente, un mote, que en este pueblo eran tan frecuentes. Allí, lo más que se apostaba en el juego era el quinto de cerveza del aperitivo o el café de la sobremesa. Barecitos de estos había casi uno en cada calle.
El casino era otra cosa. En la planta baja, accediendo desde el patio había dos salas de juegos. En una se jugaba al ajedrez y una pareja que casi ningún día faltaba ante uno de los tableros la componían Manuel Pérez, llamado comúnmente Pérez-Pata, y el señor Ibáñez. Sus discusiones por el juego, aun sin que llegara la sangre al río, eran épicas. Pérez-Pata, tan excelente jugador como hombre dado a las bromas, no podía evitar hacer trampas siempre que podía, porque esto era cosa que enfurecía a su contrincante. La más común consistía en coger un caballo entre sus dedos y mantenerlo en el aire, en actitud de quien está pensando, para, después de un rato, colocarlo en casilla diferente a la que en realidad se podía, y siempre provocando una grave amenaza: "Jaque", decía con voz pausada, a lo que el señor Ibáñez respondía lleno de estupor: "Manué, ¿de dónde ha salío ese caballo que yo no lo he visto?" Hasta que tras haberse dado cuenta un día de la añagaza, nada más levantar en el aire su caballo Pérez-Pata, el señor Ibáñez colocaba su dedo índice sobre la casilla de procedencia, al tiempo que gritaba: "¡Ahí estaba!"
En la otra sala se jugaba, por lo común, al dominó. Sobre mesas de mármol, las veintiocho fichas de marfil de este juego caían de las manos de los jugadores con un ruido agudo y seco. Cuando un jugador salía, al comenzar una mano, con una ficha que no fuera doble, siempre había alguien que comentaba en tono sentencioso. "Ha salío a dos caras, como los hombres malos". Allí aprendió Zalabardo esta expresión, que con frecuencia utilizan los jugadores de dominó.
Arriba, había una sala amplia para jugadores de billar, tanto americano como de carambolas, y otra que permanecía siempre cerrada durante el día. Pero era sabido que, de noche, en ella se organizaban fuertes timbas de cartas, donde se jugaba fuerte. La entrada quedaba restringida a muy poca gente: unos cuantos señoritos calaveras del pueblo, algunos terratenientes, un cantaor flamenco de un pueblo vecino y, según se decía, algún torero también de la comarca. Era voz pública que allí se apostaban grandes cantidades jugando al monte. Incluso se decía que, una vez, alguien apostó un cortijo y lo perdió.
Pero vamos a las palabras, que es lo que importa aquí, que ya, como otras tantas veces, me iba por las ramas. Porque resulta que igual que eso que se dice en el dominó de salir a dos caras sucede con algunas palabras respecto a su acentuación, que ofrecen dos formas, dos modos de ser pronunciadas según las acentuemos en una sílaba o en otra. Son, podríamos decir, palabras-Jano que, como ocurría con aquel dios clásico, presentan dos caras.
Estas palabras-Jano que digo son las que ofrecen una doble posibilidad de acentuación, aunque no siempre sean correctas las dos formas. En nuestra lengua son muchas, más de lo que pudiera parecer, y se pueden clasificar en tres grupos distintos. Veamos ejemplos de ellas:
En un primer grupo podríamos poner aquellas parejas en las que una de las opciones, aun siendo bastante popular, se considera incorrecta; en la lista que doy, la forma válida es la que figura en primer lugar, mientras que la segunda debe ser desechada: antítesis/antitesis, biosfera/biósfera, intervalo/intérvalo, avaro/ávaro, centigramo/centígramo, océano/oceano, oboe/óboe, libido/líbido o etíope/etiope.
En segundo lugar se pueden citar aquellas parejas en las que, siendo admisibles ambas, la lengua culta prefiere la primera forma, mientras que la segunda es la más usada por la lengua popular: dominó/dómino, amoníaco/amoniaco, políaco/policiaco, afrodisíaco/afrodisiaco, cardíaco/cardiaco, zodíaco/zodiaco u olimpíada/olimpiada.
Y, por fin, podemos hablar de un último grupo en el que, siendo también válidas las dos acentuaciones, se prefiere por lo común la primera forma: omóplato/omoplato, ibero/íbero, áloe/aloe, médula/medula, misil/mísil, alvéolo/alveolo, bereber/beréber, cantiga/cántiga, bimano/bímano, dinamo/dínamo o kárate/karate.

lunes, noviembre 16, 2009

CAMBIO DE IMAGEN

Hay personajes, como hay películas y como hay novelas, que no envejecen nunca, ni quisiéramos verlos envejecer. Porque si miramos a las personas, el asunto es distinto, pues debemos reconocer que el tiempo no deja de pasar por nosotros y envejecemos sin que nada ni nadie pueda evitarlo. Está claro que ninguno somos comparables a Dorian Grey, y que no mantendremos siempre el mismo aspecto ni dispondremos de un retrato en el que se vayan acumulando los estragos de la edad. Por mucho que los bienintencionados amigos te digan una y otra vez esa piadosa mentira de que estás más joven cada día.
Integrantes del grupo de esos personajes inmortales en quienes estoy pensando son los de animación, entre los que debe destacarse a Mickey Mouse, la genial creación de Walt Disney, que ya ha entrado en el club de los octogenarios. Circula una historia por ahí, otros la niegan, que asegura que Mickey, nacido en 1928, se llamó en un primer momento Mortimer Mouse, aunque pronto se le cambiara el nombre por expresa petición de la esposa de Disney. Y hay otra historia que mantiene que el simpático ratón surgió como contrapunto de un malvado Oswald, el Conejo Afortunado, que la compañía Disney debió entregar, ignoro cómo y por qué, a la Universal.
Los dibujos animados, como los personajes de los cuentos, son como son y su adaptación a cada época será apenas perceptible. La Bella Durmiente se pinchará el dedo millones de veces con el huso y millones de veces vendrá el príncipe a despertarla. Y Cenicienta seguirá perdiendo su zapatito de cristal que será a la postre lo que decida su destino. Y Bambi no dejará de ser un cervatillo desvalido por mucho que pasen los años.
Traigo todo esto aquí porque me cuenta Zalabardo que la factoría Disney tiene la intención de modificar no ya el aspecto, sino también el carácter del ratón Mickey. Al menos, y por ahora, en el juego Epic Mickey, diseñado para la Wii de Nintendo. Dicen que, como ya se ha hecho mayor, debe andar de otra forma, debe hablar de otra forma y, sobre todo, debe mostrar una personalidad diferente, más acorde con la de los niños de hoy. Como también dicen que debe ser menos "blandito" y ha de perder su inocencia para mostrarse "agresivo, travieso y egoísta". Zalabardo me dice que, si en realidad los niños actuales son así, lo que habría que cambiar es a los niños, no a Mickey.
Después de todo lo que me dice Zalabardo, leo algo del tema y encuentro que, en unas declaraciones, Warren Spector, director artístico de la empresa que desarrolla el juego, sostiene que Mickey seguirá siendo aventurero, entusiasta y curioso, porque nuestro ratón "nunca puede ser malo de verdad". ¿No pensáis que esa actitud es la que se encuentra en muchos padres de hoy, no ya frente a sus hijos pequeños, sino también a los adolescentes, a quienes se les toleran demasiadas cosas bajo la excusa de que "no son malos de verdad"?
Así, me temo, pasa lo que pasa, que nuestros hijos son cada día más agresivos. Ya nos gustaría que fuesen como Jessica Rabbit cuando decía aquello de "yo en realidad no soy mala, es que me han dibujado así". Pero la realidad verdadera, no la de la ficción, es bien otra, pues a nuestros hijos, muchas veces y por desgracia, los estamos haciendo así, que es diferente, y luego no podemos volverlos de otra manera.
Y ahora, no contentos con lo que hay, queremos, o quieren los de la Disney, que aquello que aún permanecía inocente, al menos Mickey Mouse, sea más duro, egoísta y agresivo. No basta con que en los dibujos, desde el principio, como en los cuentos, ya hubiera su cuota suficiente de malos de verdad: era malo, aparte de amargado y envidioso, Oswald. Son relativamente malos los Golfos Apandadores y es mala la Madrastra de Blancanieves. Ahora, como si los niños no tuvieran ya suficiente ración de maldad y violencia por todas partes, se quiere hacer malo a Mickey Mouse. Sálvese quien pueda.

viernes, noviembre 13, 2009

A SEGURA LO LLEVAN PRESO

Creo que bien sabe quien siga esta agenda que tanto a Zalabardo como a mí nos gusta consultar diccionarios, glosarios, refraneros y libros afines. Estábamos entretenidos, pues, con la colección de Rodríguez Marín, nuestro paisano, Más de 21.000 refranes castellanos buscando aquellos que fuesen referidos a Osuna, que, como también es bien sabido, es mi pueblo. Encontramos cuatro: Asistente de Marchena, canónigo de Osuna y pedo de fraile, todo es aire; En Osuna y Orihuela, todo cuela; En Osuna, de cientos, una; y De Osuna, ni la luna. De ninguno de ellos podemos decir que se destaquen características positivas del pueblo.
Los dos últimos prefiero dejarlos en el olvido porque dicen poco en favor de mis paisanas. Pero de los primeros quiero explicar algo, siquiera sea por el pasado ilustre que subyace bajo ellos. Osuna, gracias a los esfuerzos de Don Juan Téllez Girón, IV Conde de Ureña, vio cómo se erigía en 1536 su impresionante Iglesia Colegial de Nuestra Señora de la Asunción y cómo, en 1548, se fundaba el Colegio Mayor y Universidad Literaria de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, que sería suprimida, junto a otras diez universidades menores, en la reforma de 1807, si bien continuó funcionando hasta 1824.
Me pregunta Zalabardo qué pretendo con tanto dato erudito. Le contesto que solo quiero dejar constancia de que una Iglesia Colegial nunca hará sombra a una Iglesia Catedral y que la Universidad de Osuna era de las llamadas menores. De ahí que podamos justificar lo que los refranes dicen sobre la poca valía de sus canónigos y la dudosa categoría de sus titulados. Ya Cervantes dejó dicho algo de eso en el Quijote.
Pero lo que quiero destacar aquí es otra cosa. Porque resulta que en la misma página que uno de esos refranes nos topamos con uno extraño e incluso algo misterioso. Verdad es que para refrán misterioso ya está ese otro de Castígame mi madre y yo trompógelas, con esa extraña palabra al final. El que traigo ahora aquí nos resultó misterioso por su misma simplicidad, aunque también por su significado: A Segura lo llevan preso, que se utiliza para afirmar que se debe uno asegurar bien del resultado de una cosa antes de hacerla.
¿Pero quién o qué es Segura? Hay quien dice que se refiere a un personaje del que no se sabe nada; queda entonces la duda: ¿y por qué lo llevan preso? Como hay quien dice que, en su origen, el refrán no decía nada de Segura, sino de Seguro, lo que explicaría mejor su significado (por estar solo seguro, podrías ir a prisión; hay que estar muy seguro). Pero hay también quien dice que no se refiere a ninguna persona, sino a un lugar, concretamente a Segura de la Sierra, en Jaén. Y lo explican en razón de que en esa población hay un castillo que en tiempos sirvió de prisión a la que se llevaba a delincuentes con graves condenas.
Cree Zalabardo, yo no estoy muy seguro, que esto último pudiera estar más puesto en razón porque los presos que allí iban tendrían que trabajar en la tala de la madera de los bosques en épocas en que Segura de la Sierra fue la cabecera de una provincia marítima que incluía una cincuentena de pueblos. Y me viene a la cabeza: ¿provincia marítima un lugar perdido en la sierra jiennense? Pues sí, y como casi todo tiene una explicación, esta afirmación también la tiene y Zalabardo se apresta a dármela.
Cuando en 1728 se inició la construcción de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, se necesitó gran cantidad de madera que se traía de la Sierra de Segura transportando los troncos por el Guadalquivir. Como había madera en cantidad, se pensó en su aprovechamiento ya para otras construcciones. Hasta que finalmente alguien notó que la calidad de aquella madera la hacía adecuada para la construcción de barcos, lo que hizo que aquella sierra y sus bosques quedaran bajo la jurisdicción de la Capitanía Naval de Cádiz y en 1751 quedase oficialmente constituida como Provincia Marítima. Se entiende que para la tala, preparación y transporte de la madera haría falta bastante mano de obra.
No quedo muy convencido, porque esa mano de obra la podían haber aportado los propios pueblos que constituían la provincia marítima. Pero como veo que Zalabardo está muy contento con esa explicación, no seré yo quien, al menos esta vez, le lleve la contraria.

martes, noviembre 10, 2009


RICARDI /YOANI SÁNCHEZ

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría la vida para que tengas derecho a decirlo (Voltaire).
¿He dicho alguna vez que hay días en los que Zalabardo y yo no nos ponemos de acuerdo sobre lo que hablar? Hoy es uno de esos días. Yo tenía pensado desde hace algún tiempo hacerlo sobre Rafael Ricardi; pero, mira por dónde, Zalabardo me sale pidiendo que mejor es que hablemos de Yoani Sánchez. Trata de chantajearme con el argumento de que, si la agenda es suya, por qué no accedo a lo que me pide las pocas veces que lo hace. Y, claro, contra eso no puedo objetar nada porque la razón le asiste completamente.
Sin embargo, esta vez hemos podido alcanzar un consenso. Porque resulta que la figura de Ricardi serviría para plantear la relatividad de la inocencia en nuestra sociedad y Zalabardo me dice que, al proponer a Yoani, sería posible tratar de la culpabilidad que muchos pretenden hallar en la disidencia. Y, puestos así, y visto que se da un cierto paralelismo, nos dijimos: ¿y por qué no nos limitamos a reseñar el caso de ambos y que los demás opinen? Y en esas estamos.
Rafael Ricardi, cincuenta años, es un gaditano de El Puerto de Santa María que en 1995 fue hallado culpable de una violación que él siempre negó haber cometido. La prueba decisiva para su condena fue el testimonio de la víctima, que afirmó reconocer en él a su atacante. Pero, ingresado ya en prisión, la policía tenía dudas de tal culpabilidad porque el Instituto Nacional de Toxicología descartó de forma rotunda que los restos biológicos hallados en la víctima pertenecieran a Ricardi. Sobre tal supuesto, siguió trabajando hasta dar con el presunto auténtico culpable. Físicamente, se parece a Ricardi, a quien ahora, trece años después de ingresar en prisión, el Tribunal Supremo ha anulado la sentencia condenatoria y ha puesto en libertad.
Un titular periodístico del pasado julio decía más o menos: Ricardi, después de trece años en prisión, ya es inocente. ¿Acaso no lo fue en todo el tiempo anterior? ¿Cómo parece seguir valiendo aún el argumento de que lo que hay que demostrar es la inocencia? Porque Ricardi era el tipo perfecto para cargar con las culpas que hiciera falta: desclasado, anclado en la marginalidad, trabajando de gorrilla y hundido en la droga. Pese a todo, él juraba y perjuraba que no había violado a nadie. ¿Quién lo iba a creer? ¿Y quién le resarce ahora por esos años de encierro y por cargar con una culpa que no era suya?
El caso de Yoani Sánchez es diferente aunque coincide con él en tener que cargar con unas culpas que no le corresponden. Yoani, de treinta y cuatro años, cubana, licenciada en Filología, mentiene un blog en el que muestra todos sus desacuerdos con el régimen cubano, lo que no gusta a los rectores de la isla. El pasado día 7 contaba Yoani cómo había sido secuestrada por unos policías de paisano que le dieron una brutal paliza cuando se dirigía con unos compañeros a una manifestación precisamente contra la violencia. El sábado 8, se quejaba amargamente de que en su país hay mucha gente que la considera culpable de haberse autolesionado para desacreditar a la policía o de ser merecedora de lo que le pasó por hablar de lo que no debía. Yoani, por su blog Generación Y, fue en 2008 con el Premio Ortega y Gasset de periodismo, pero el Gobierno cubano no la autorizó a salir del país para recogerlo. Quien quiera leer sus notas no tiene más que entrar en http://www.desdecuba.com/generaciony/
Yoani, para el Gobierno de su país, es culpable de pensar de modo diferente, de disidir del pensamiento oficial del régimen de la isla. Pasa lo mismo que en todas las dictaduras del mundo y en todos los tiempos. También aquí conocimos eso aunque, afortunadamente, muchos no lo hayan conocido debido a su juventud.
Y como dice Yoani en su último apunte, lo peor de todo es la gente que les encuentra justificación a esos hechos. Dice: Después de una agresión, hay ciertos miopes que culpan a la víctima de lo ocurrido. ¿Cómo no iba a ser culpable Ricardi si tenía todas las papeletas para serlo? ¿Cómo no va a ser culpable Yoani si no se pliega al sistema, si quiere pensar por su cuenta? De Ricardi decían las últimas crónicas que se comporta como si aún estuviera en la cárcel. Le han dicho tantas veces que era culpable que ha terminado por asumir la culpabilidad; aunque no se sepa bien de qué. Él carece de voz o no sabe utilizarla; no tiene un blog como Yoani; ni siquiera una humilde agenda como esta. Yoani, en cambio, se rebela, lucha y lo grita a los cuatro vientos. Lo viene haciendo desde hace tiempo. Esa es su fuerza. Y esa es la diferencia entre ambos.

viernes, noviembre 06, 2009

MÁS INFORMADOS, PERO... ¿MEJOR?

No seré yo quien ose negar las ventajas y beneficios del correo electrónico; muy al contrario, estoy convencido de que su desaparición en estos momentos significaría un caos en el mundo de la transmisión y recepción de mensajes y documentos. Nunca el correo postal ordinario ha generado los positivos servicios que rinde el electrónico. Sentado eso, es conveniente señalar que, junto a toda esa serie de ventajas reconocidas, el correo electrónico viene también muy cargado de farfolla y no estoy pensando únicamente en esa rémora del correo no deseado. Y lo que se dice del correo electrónico puede hacerse extensivo a la generalidad del mundo de Internet.
Ese universo cibernético al que parece ahora que se lo debemos todo (por lo pronto, yo le debo esta agenda) puede, si nos descuidamos, hacernos caer por una pendiente de relativización de las informaciones y de negatividad y falsedad de los contenidos. A veces pareciera un nuevo becerro de oro al que es preciso rendir adoración, cuando la cruda realidad demuestra que en muchas ocasiones no es sino una especie de moderno Gran Hermano que lo que pretende es constreñir nuestras conciencias y nuestras ideas y dominar sobre ellas.
Zalabardo me cuenta que en días precedentes ha recibido, de dos remitentes diferentes, sendos mensajes que contenían adjuntos el mismo vídeo. Se trata de ese (supongo conocido por todos) que se titula Campanas por la gripe A en el que una monja catalana, Teresa Forcades, amparada tras no sé cuántos títulos, intenta prevenir contra la vacunación esgrimiendo el argumento de no se sabe bien qué conspiración que pretendería ni más ni menos que provocar una matanza universal que rebajara de manera ostensible la población humana. En ambos mensajes se nos recomienda sacar el tiempo necesario para ver con tranquilidad el vídeo, que dura aproximadamente una hora, y difundirlo lo más posible.
¿De dónde procede el vídeo? Naturalmente de You Tube, aspersor de tantas peregrinas historias como circulan por ahí. You Tube, como tantos otros portales y webs que dan al internauta la posibilidad de colgar sus vídeos y todo aquello a lo que se quiera dotar de difusión universal, no son malos en sí mismos. Lo malo es cuando damos a sus contenidos el valor de verdad indiscutible y única. Pasa como con aquel otro documento difundido a través del correo electrónico, ya os hablé de él en una ocasión anterior, que, ofreciendo una lista de lecturas recomendadas, entre las que no faltaban el Quijote, la Biblia o Cien años de soledad, se hacía hincapié en que la lectura debería iniciarse, dado su alto interés, por las obras de Jorge Bucay o las de Khalil Gibran.
Fue el mismo Zalabardo quien me hizo notar la tendencia, más o menos generalizada en bastantes programas informativos de televisión, a dar entrada a vídeos extraídos de You Tube mezclados entre los amparados por las tradicionales fuentes de información. Y me dice si estaremos al tanto del peligro que para una información fidedigna supone tal tendencia. Habrá quien diga que es una exageración, pero corremos el riesgo de que pronto nazca un tipo de informador que se limite a estar sentado ante su pantalla, buscando datos en Internet y organizándolos por el malhadado sistema de cortar y pegar. Ya se ha dado algún que otro caso.
Porque vivimos la paradoja de que la más amplia y veloz fuente de información es a la vez la que mayor peligro de desinformación o de información corrupta corre. ¿Habéis visto cómo cada vez es más frecuente, en el mundo de la política, del deporte, de la economía..., que lo que siempre fueron ruedas de prensa se han convertido en reparto de notas informativas que, en no pocas ocasiones, se envían directamente a través de Internet, sin la posibilidad de contrastar o debatir su contenido con las propias fuentes?
Lo anterior provoca, queda claro, que la información nazca ya muchas veces con el inconveniente de ser una información interesada, hecha pública desde la óptica de su propio sujeto y sin posibilidad de ser contrastada para demostrar su validez y veracidad. A esto se le une ese otro aspecto, negativo, de que para muchas personas, la validez de las informaciones, igual que en otro tiempo se sustentaba en haber sido difundidas por la radio o la televisión, ahora se sustenta en el simple hecho de haber aparecido en Internet.
Ahora que para muchas Administraciones el no va más de la política educativa es proporcionar un ordenador a los alumnos lo antes posible, se impone que los educadores, los que viven el día a día con los alumnos y saben lo que eso es, se esfuercen por dotar de una auténtica formación de usuarios a esas mentes infantiles y juveniles para que sepan que el tratamiento de la información que Internet nos da no estriba tan solo en copiar y pegar. Y para que puedan disponer de un claro y correcto criterio a la hora de conocer el verdadero valor de cuantos contenidos nos llegan a través de la Red. Es mucha la información disponible, pero hay que saber distinguir para que las malas hierbas no terminen ahogando a las buenas. No basta con estar informados, es preciso saber qué hacer con esa información y saber diferenciar la que es correcta de la prescindible. Si no, nuestra visión del mundo se conformará con las ideas difundidas por tantas Teresas Forcades como pululan por ahí.

lunes, noviembre 02, 2009

DE MARCA MAYOR
Me llama la atención Zalabardo acerca del movimiento que, en estos últimos tiempos, se está produciendo en defensa de las marcas de fabricante frente a las marcas blancas o marcas del distribuidor. No sé si será consecuencia de la situación de crisis por la que atravesamos, pero tengo que reconocerle que lleva razón en lo que dice.
Esta situación es contraria a la que se defendía tiempo atrás. Se promocionaban las marcas blancas porque eso suponía un ahorro para el consumidor, por un lado, y, por otro, porque suponía una promoción del propio establecimiento, por lo general un distribuidor o una cadena de supermercados de alimentación. Así, por ejemplo, Mercadona ofrece sus "propios productos" bajo la marca Hacendado a un precio más favorable. En la época de máximo esplendor de las marcas blancas, muchos fabricantes envasaban un producto bajo la marca del distribuidor a condición de que este diera un trato preferente a su marca de fabricante frente a otros fabricantes de productos similares.
En nuestros días, basta fijarse un poco en los espacios de publicidad televisiva para percibir cómo, uno tras otro, los anunciantes van añadiendo a la presentación atractiva de sus productos la coletilla de que ellos "no fabrican para otras marcas". Es la defensa del producto propio frente a cualquier tipo de competencia. Es más, días atrás ha habido promociones amparadas por El País y El Corte Inglés en favor de productos de primeras marcas.
La marca es importante. La marca identifica a un producto y ampara su calidad. Por eso la marca siempre es más cara. Esta misma mañana, en una farmacia, vi cómo una señora rechazaba un medicamento genérico que le habían recetado y solicitaba que le dieran "el original, aunque tuviera que pagar más". Claro que también hay productos deficientes que se ocultan tras una marca reconocida. Pero ese es otro asunto. A lo que vamos es a que hay un registro de marcas que las protege legalmente frente a cualquier intento de fraude o de aprovechamiento de un nombre generalmente aceptado. Aún así, nada impide que aparezcan por ahí productos de sospechosa calidad que pretenden atraer a los incautos con marcas parecidas. Así, adidas se convierte en adadis, Panasonic en Panosaonic, NOKIA en NOKLA, PUMA en PMUA y así sucesivamente. Solo hay que darse un paseo por los mercadillos y tiendas de todo a cien.
Todo este mundillo de las marcas da paso también a muchos casos no siempre justificables, como el de la persona que cae en la tiranía de la marca y compra un producto más por su nombre que por su calidad, como en el caso que citaba del medicamento genérico. Yo recuerdo que siempre se ha dicho para ponderar la calidad de un producto que es de marca mayor, es decir, que sobrepasa a cualquier otro en su línea. Los otros serían, como si dijéramos, de marca menor.
No se crea, sin embargo que la expresión de marca mayor es nueva. No pasa como con café-café, que se acuñó en los años de la posguerra para diferenciarlo de los sucedáneos que en su lugar solían ofrecerse. En su Tesoro, de 1611, dice Covarrrubias que "marca, en otra significación, vale longura y medida cierta, como espadas de la marca, paños de marca, y en el papel decimos de marca mayor" para señalar aquellos productos que se ajustan a la normativa legal para su confección. Vemos que no es mucho lo que ha cambiado de entonces acá.
Le explico a Zalabardo que esto de las marcas tiene también su reflejo en la lengua. De hecho, una marca es un nombre propio que designa a un ser (objeto, producto, empresa) individualizándolo y elevándolo por encima de cualquier otro de su género. Lo que pasa es que, cuando una marca designa a un producto que ha sido el primero en la historia entre los de su género o es de excelente calidad, puede ocurrir que esa marca pase a designar a todos los genéricos. Y, entonces, el nombre propio se convierte en nombre común que los hablantes utilizan olvidados ya de que en principio era una marca. Por eso, para muchas personas cualquier yogur es un danone, o cualquier gaseosa es una casera, o un pañuelo de celulosa es un kleenex (el Diccionario de dudas propone con acierto clínex), o cualquier pan de molde es bimbo, o un producto matamoscas es flit . Por cierto, ninguno de los ejemplos que he dado aparece recogido en el DRAE.
Pero no se crea, de acuerdo con lo anterior, que el diccionario académico cierra los ojos a esta realidad. Lo que sucede, se ha dicho aquí bastantes veces, es que el diccionario es lento a la hora de recoger la forma de hablar de la calle. Pero, aún así, recoge hasta ochenta palabras, más o menos, que siendo en su origen nombres de marcas han pasado a ser nombres comunes de un producto genérico. ¿Ejemplos? Van unos cuantos: cualquier cosmético para ennegrecer, endurecer y alargar las pestañas es un rímel; cualquier cinta adhesiva de celulosa es un celo; una batidora eléctrica es una túrmix; o una zapatilla playera es una bamba. ¿Más? Algunos para terminar y no cansar: potito, plastilina, mecano, maicena, delco, faria, tirita, zotal, claxon...

lunes, octubre 26, 2009

CALLEJERO

Hay veces que comento con Zalabardo que una de mis preocupaciones al redactar un apunte de esta agenda suya que tan gentilmente de cede es la de repetirme. Son tantos los días que llevamos que, en ocasiones, dudo si ya he hablado de lo que se me ha ocurrido escribir. Eso es lo que me pasa hoy con el tema escogido. No estoy muy seguro, pero creo que algo he dicho. Aun así, pido de antemano disculpas y me arriesgo.
El caso es que esta mañana, en el habitual paseo, cuando volvíamos de la Finca de la Concepción, decidimos meternos por la barriada de La Virreina, lugar en el que no habíamos estado antes. Y he de confesar que, al menos yo, me llevé una sorpresa agradable: bloques nuevos de reciente construcción, calles amplias... Vamos, algo muy distinto a lo que esperaba de un barrio que se encuentra a continuación de La Palmilla, cuyo solo nombre asusta. La avenida principal de La Virreina tiene un nombre que da que pensar: Avenida de Jane Bowles. Y el resto de las calles no se quedan atrás: Gounod, Borodin, Alejandro Puskhin...
¿Quién pone nombre a las calles? ¿Y con qué criterio? Zalabardo y yo estamos acostumbrados a que las calles del pueblo se llamaran de acuerdo a un hecho claro y objetivo: Callejón de las Monjas, Calle de la Cilla, Cuesta del Casino, Cuesta de la Cárcel. En muchos pueblos pequeños, todavía se llaman Calle de Arriba, Calle de Abajo y Calle de Enmedio. Incluso en Málaga quedan nombres de ese tipo: Calle de las Cinco Bolas, Calle de los Pozos Dulces, Calle Huerto de las Monjas, Calle de los Frailes, Plaza del Teatro... Me gustan esos nombres.
¿Pero qué es eso de Avenida de Jane Bowles? Rumiábamos nuestra extrañeza y deseábamos llegar a casa para averiguar quién fue, por lo general a las calles se les ponen nombres de gente ya fallecida, esa tal Jane Bowles. Y, mira por dónde, lo averiguamos. Jane Bowles fue una novelista y autora teatral noeteamerricana nacida en 1917 y muerta en 1973. De pequeña padeció tuberculosis y su familia se trasladó a Suiza buscando un mejor clima para ella. Vuelta años después a los Estados Unidos, vivió en ambientes bohemios. Con 21 años, se casó con Peter Bowles y se trasladó, en 1947, a Tánger. Los excesos con el alcohol minaron gravemente su salud y estuvo en tratamiento en Estados Unidos y en Inglaterra. Finalmente, se ingresó en una clínica de Málaga, donde murió.
Así que esa fue su relación con Málaga; vino aquí a morir. Pero hay más. Enterrada en el cementerio de San Miguel, cuando en 1996 una jovencita de Marbella, estudiante de COU, pensó en visitar su tumba, se enteró de que sus restos iban a ser depositados en una fosa común. No deseando ese final para su escritora preferida, decidió costear por su cuenta los gastos del traslado de sus restos al cementerio de Marbella. Enterado el Ayuntamiento de Málaga de dicha circunstancia, tomó la decisión de restaurar el enterramiento de la americana y dedicarle una calle. A la cabeza de todo ello se puso el entonces concejal de Cultura Antonio Garrido (¡cómo no!). Y cumpliendo el Ayuntamiento su promesa, cosa poco usual, le dieron, bastante tiempo después, su nombre a una calle. La de la barriada de La Virreina.
Me da igual a quién dan o no el nombre de una calle, pero pienso que utilizan un criterio desprovisto de cualquier lógica y de la menor justicia. Porque, puestos a dedicar una calle a una mujer que se haya distinguido por algo y tenga relación con Málaga, ¿por qué en el callejero de nuestra ciudad no aparece por ningún lado el nombre de María Rosa de Gálvez? María Rosa de Gálvez, nació en Málaga o en Macharaviaya, pueblo de su familia (la cosa no está muy segura), en 1768 y murió en Madrid en 1806. Fue también escritora; compuso poesías, teatro y ensayos. Era hija del coronel Antonio de Gálvez y sobrina de José Gálvez, ministro de Carlos III. Casó con su primo, el capitán José Cabrera, y se trasladaron a Madrid en 1790. Fue amiga de Jovellanos, de Quintana y del ministro Manuel Godoy, de quien se convirtió en amante. Su figura no estaba bien vista en la Corte por su actividad intelectual, por ser mujer y por ser divorciada; pero sobre todo por su espíritu moderno, por su defensa del feminismo y por su moral tan distante a la que predominada en la época.
Quiero decir con esto que, puestos en una balanza sus méritos y los de la americana, me parece que los de nuestra María Rosa de Gálvez son más merecedores del premio. Y el caso de esta mujer es extrapolable a otros semejantes. Todos sabéis (y, si no, preguntadle a Javier López) que hay en Málaga una calle que lleva el nombre de Walt Whitman, el gran poeta autor de Hojas de hierba. No tendría importancia la cosa si no fuera porque hay grandes poetas españoles a los que nadie se ha dignado dedicar una calle en Málaga; entre ellos, Federico García Lorca, pongo por caso.
Por eso siempre me han gustado, y a Zalabardo también, los nombres tradicionales de las calles y nos solidarizamos con la letra de aquel cantar de José Menese: ¿Cuándo llegará el momento / que las agüitas vuelvan a sus cauces, / las esquinas a sus nombres, / sin reyes, ni roques, ni santos, ni frailes?
Otra cosa que no tiene que ver con lo anterior. El País de hoy trae un artículo de Rosario Ortega titulado Docentes, autoridad moral y autoritarismo. Vale la pena leerlo.

jueves, octubre 22, 2009


AUREA MEDIOCRITAS
Hablábamos Zalabardo y yo de muchas cosas, como casi siempre, cuando la lectura de un comentario al apunte último, lo que son las asociaciones de ideas, nos llevó al tema de que son bastantes los escritores que gracias a una sola creación han alcanzado la inmortalidad. Casi siempre se menciona en estos casos la figura de Jorge Manrique y sus insignes Coplas a la muerte de su padre, junto a las cuales, cualquier otra cosa de las que escribió es pura filfa. Pero siendo ilustre la figura de este poeta del siglo XV del que los libros han venido repitiendo que nació en Paredes de Nava, aunque va cobrando crédito la tesis de su origen andaluz (nacido en Segura de la Sierra, donde se puede visitar su casa, en la provincia de Jaén), para mí, le digo a Zalabardo, el más notable caso de autor que ha logrado la gloria con una única obra es el del capitán sevillano Andrés Fernández de Andrada, cuya creación, la Epístola moral a Fabio, único poema que de él conservamos, ha elevado al Parnaso a alguien de quien lo desconocemos todo.
La Epístola moral a Fabio no es una de tantas, sino la mejor sin duda, de las epístolas morales que se escribieron durante el Barroco.Y aunque la incluyamos dentro del conjunto de las muchas obras que desarrollan los tópicos de la aurea mediocritas (dorada medianía) y del menosprecio de corte y alabanza de aldea, es el mejor ejemplo de nuestra literatura en asumir serenamente la temporalidad de las cosas, en exaltar el valor de la amistad, en condenar las actitudes hipócritas y en manifestar la moderación y templanza ante la muerte. Tanto es el valor reconocido a esta obra desde su aparición, que no han faltado los intentos de desposeer de su autoría a una persona de la que apenas se sabe nada para atribuirsela a otros autores de mayor renombre.
¡Qué difícil resulta, coincidimos Zalabardo y yo, conseguir esa aurea mediocritas, esa beata medianía, en este mundo lleno de vanidades, y sálvese quien pueda! ¡Qué difícil alcanzar ese estado que se resume en el último verso de aquella décima que, según repite la tradición, dejó escrita Fray Luis de León en una pared de la celda en la que lo tuvo encerrado la Inquisición: ni envidiado ni envidioso!
Con las palabras sucede igual. Hay palabras vanidosas, engreídas, muy pagadas de sí mismas y que, por esa razón, se hacen antipáticas e incluso, algunas, peligrosas. Y hay otras que permanecen calladas, como escondidas, temerosas de que alguien las prostituya a causa de un uso inadecuado.
Las primeras se trastabillan en la boca de falsas que son. Salen finalmente con el sonido chirriante de las fanfarrias huecas. Eso pasa, me apunta Zalabardo, con la palabra patria. ¿No veis el engolamiento de voz, la altanera actitud que adoptan los que la pronuncian? Puede que alguna vez fuese eficaz y necesaria. Pero en el mundo de nuestros días, ocupado por una sociedad multicultural, multiétnica y multinacional, ¿qué sentido tiene esa palabra patria? Y, sin embargo, ¡cuántas barbaridades se perpetran una y otra vez amparándose tras ella! Cuando la oigo pronunciar, cuando la veo escrita, me acuerdo de lo que dice Carlos Cano en su Tango de las madres locas: Cada vez que dicen patria, pienso en el pueblo y me echo a temblar.
Las segundas, en cambio, surgen como un leve soplo que refresca el oído y alegra el corazón. Deberíamos utilizarlas con cuidado, para no desgastarlas nunca. Pese a todo, hay más de las que muchas veces creemos, aunque yo aquí voy a citar solo dos, que en esencia son una: amigo y amistad. El pasado martes, el corazón me saltó de gozo al leer el comentario que Rafael Recio hacía al último apunte y en el que me recordaba que las amistades perduran pese al correr de los años.
Y así debe ser. Amistad y afecto perduran sin que los oxide el orín del tiempo. Aún guardo el mayor afecto hacia mis amigos de la niñez, pese al mucho tiempo que hace que no los veo. El domingo pasado, me emocioné al recibir una llamada de una persona, Antonio Rivero, de Estepa, que había sido alumno mío ¡hace treinta años! Cuando me jubilé, no tuve dicha mayor que la de ver a los compañeros mostrándome su cariño y amistad. Y cuando leímos el comentario de Rafa, recordé los versos de Fernández de Andrada en su Epístola a Fabio: Un ángulo me basta entre mis lares, / un libro y un amigo, un sueño breve, / que no perturben deudas ni pesares.
Eso fue lo que nos dio la idea para escribir este apunte de hoy.

lunes, octubre 19, 2009


ESTADO DE OBRA
Cuando llegó el momento de mi jubilación, me propuse poner en práctica, entre otras muchas cosas, dos actividades de las que quiero hablar hoy aquí: andar todos los días y procurar conocer de cerca todos los rincones de la ciudad. Los dos propósitos los estoy cumpliendo podría decir que casi a rajatabla y, lo que también es verdad, de modo combinado. Intentaré explicarme. Lo de andar obedece a dos principios: el de practicar un ejercicio adecuado a la edad, primero, y el de no anquilosarme sentado en un sillón contemplando como un bobo la televisión a todas horas, después. Digo hacer ejercicio porque lo que pretendo es andar, que no pasear, que supone una actividad distinta. Esto lo sabe bien José María Bocanegra, también gran andarín. No menciono como tales a Rafa López y a Javier porque lo que ellos hacen es correr, y eso, bien sabido queda, es cosa de cobardes, según suele decirse.
Mientras ando, conozco la ciudad a fondo, y por eso decía lo de cumplir los propósitos de modo combinado. Porque mis paseos son, durante la semana, urbanos y periurbanos, puesto que para no caer en aburrimientos ni monotonías, procuro hacer distintos y variados cada vez los recorridos alargándolos hasta donde la ciudad deja de serlo. De esta forma, un día me voy hasta el final del puerto, donde han construido la nueva estación marítima, cruzando, por ejemplo, las barriadas del Perchel y la Trinidad, pongo por caso, con lo que evito andar en línea recta. Otras veces sitúo el final de trayecto en el monte Victoria (el de las tres letras, por allí he estado hoy) o en la estación de Los Prados, o en la Finca de San Joaquín, superada Carlinda y allá por donde estuvo la antigua Venta de San Alberto, que ya no existe, o en la desembocadura del Guadalhorce; y siempre, como digo, procurando cruzar barrios y calles no pisados antes. Ando, por término medio, unas tres o cuatro horas al día. Dos por la mañana y una y media o dos después de comer. Para los fines de semana quedan el campo y los pueblos, y no solo los de Málaga.
Zalabardo, que está nervioso por el tono que lleva este apunte, se revuelve finalmente y me pregunta qué puede interesarle a la gente lo que yo hago o dejo de hacer, si ando quilómetros más o menos o si vegeto delante del televisor. Lleva razón. Muchas veces me cuesta ir al grano y me subo por las ramas. Pero, le digo, todo tiene una explicación y, como os debo una explicación, yo os voy a dar esa explicación (¿recordáis al entrañable Pepe Isbert en Bienvenido Míster Marshall?
Decía, pues, que me paseo todos los días y que me cruzo la ciudad de punta a punta. Pero, para mí igual que para la totalidad de los ciudadanos, andar por las calles de Málaga se está convirtiendo en una aventura. Y peligrosa por demás. Porque resulta que Málaga se nos ha convertido en una pura, en una infinita zanja. No hay calle que no esté llena de vallas que impidan el paso, de atronadores martillos neumáticos que martiricen los oídos, de obstáculos que haya que salvar. No son ya las obras del Metro, es cualquier calle, cualquier plaza, cualquier barrio. Aceras recién modernizadas se vuelven a levantar; calles asfaltadas no hace tanto se ven de nuevo devastadas por la maquinaria pesada que abre agujeros sin fin; árboles que ya iban adquiriendo un porte notable resultan talados sin la menor compasión. Oía el otro día a un operario que comentaba, y parecía ufano por lo que decía, cuánto les había costado obtener la autorización de Medio Ambiente para arrancar los árboles de los Callejones del Perchel, que es la calle donde está el Mercado del Carmen.
Y me acuerdo de Rafael Recio, que bromeaba cuando me jubilé con la pregunta de si había proyectado ya las obras que visitaría en mi nueva vida. Porque, decía, eso es lo que hacen los jubilados ociosos para ocupar sus horas muertas, visitar obras. Ahora, aunque no quiera, tengo que visitarlas, porque Málaga está patas arriba.
Igual que hay ciudades en estado de guerra o en estado de sitio, Málaga, en estos tiempos, es una ciudad en estado de obra. ¿No veis que hasta el alcalde tiene la cabeza como si llevara puesto un casco? Verdadero y puro estado de obra. No es exageración. Podéis preguntarle a Zalabardo, que me acompaña en estas caminatas diarias por todas las esquinas de la ciudad.
Y si algún miércoles de estos veis que no aparezco por el instituto a la hora del desayuno, tened por seguro que he debido caerme en alguna de las zanjas que tienen a Málaga convertida en una inacabable trinchera.