martes, diciembre 21, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 09. BEATUS ILLE... (Leyendo a Walt Whitman)


Nunca olvidaré la vez que acompañé al abuelo para pasar con él un día en la huerta. Había acudido con mis padres a pasar una semana en el pueblo de los abuelos. Estuve nervioso desde que el abuelo me preguntó la víspera si querría acompañarlo.
Mi madre me despertó cuando apenas apuntaba el día. «Venga, espabila, que te vas con el abuelo», me dijo, mientras mi olfato reconocía el aroma del café recién hecho y del pan recién cocido. Aquella noche había dormido poco pensando en lo que imaginaba ser una experiencia nunca antes vivida.
Se hacía preciso salir temprano porque, siendo verano, había que evitar el azote del sol. Iba montado sobre un burro del que tiraba, cogido por el ronzal, el abuelo, que caminaba delante. El camino no era largo en exceso, pero a mí se me hizo una eternidad. El abuelo me hablaba de no sé cuantas leguas, pero yo no sabía qué era aquello de las leguas.
Para mí, lo mejor de todo fueron las tareas en las que ambos colaboramos, si bien yo, según creo hoy, estorbaba más que ayudaba. Una vez que soltamos bajo el chamizo de cañas y paja la carga que llevábamos, quitamos las malas hierbas que impedían el lozano crecer de lo que allí había plantado; regamos los árboles frutales y las hortalizas. Yo levantaba la compuerta de la acequia cuando me lo indicaba él, que, con movimientos que reflejaban maestría, le iba abriendo o cerrando caminos, según convenía, al agua.
Cogimos tomates, pimientos, berenjenas, higos de las higueras. Me enseñó a reconocer la flor de la calabaza. Me pedía que frotase las palmas de mis manos con las hojas rasposas de las higueras, o de las tomateras, y luego me las oliera. Luego estuvimos comprobando cómo iban de sazón los melones y las sandías. Arrancó un melón de la mata, lo olió, lo golpeó con gesto experto con los dedos de su mano derecha y, con palabras firmes, me dijo: «Este está pepino; échaselo al burro». Y cortándolo en trozos con su navaja, me los pasó para que los diese al animal. Y yo extasiaba viendo cómo este se comía con fruición aquel fruto recién arrancado a la tierra.
Llegada la hora, comimos resguardados bajo la sombra del chamizo; tortilla de patatas y queso con pan blanco que nos había preparado la abuela. A aquella hora, todo el horizonte reverberaba y el canto de las cigarras y el croar de las ranas inundaban el espacio hasta herir los oídos. Luego, en una manta tendida en el suelo, dormimos una siesta.
A la caída de la tarde, el abuelo cargó los serones con los frutos recogidos e iniciamos el camino de regreso. Las circunstancias rodaron de tal forma que nunca más en mi vida se me presentaría ocasión de ir a la huerta con el abuelo.
Sin embargo, creo que aquella experiencia fue suficiente para despertar en mí el amor y respeto hacia la naturaleza. Por eso, todavía, cada vez que salgo al campo y veo el amarillo de los chopos o el cobre de los castaños en el otoño, los trigales manchados de amapolas y jaramagos en la primavera, o cada vez que abro un higo y mancho mis dedos con su gotita de miel, cada vez que rajo un fresco y jugoso melón en un día del caluroso verano mis recuerdos se remontan al único día que tuve la dicha de visitar la huerta del abuelo.



Walt Whitman (1819-1892): Hojas de hierba. Canto a mí mismo. 31, Una hoja de hierba (traducción de León Felipe)


Creo que una hoja de hierba no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del reyezuelo,
son igualmente perfectos,
Y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar
los salones del paraíso,
que la articulación más pequeña de mi mano
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera a todas las estatuas,
y que un ratoncillo es milagro suficiente
como para hacer dudar
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí
se incorporaron el gneis y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que hubo allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte,
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.

lunes, diciembre 13, 2010


A VUELTAS CON EL INFORME PISA


Leo estos días pasados, junto con Zalabardo, los resultados, y algunos análisis, del Informe PISA 2009, esa prueba que mide los niveles de los alumnos de los países de la OCDE en determinadas competencias, especialmente comprensión lectora, ciencias y matemáticas. Los resultados no son para tirar cohetes: España ofrece unos resultados por debajo de la media de los países que se han sometido a la prueba y Andalucía se sitúa a la cola de las diferentes Comunidades españolas. Hay excepciones (por ejemplo, Castilla y León y Cataluña), pero el resultado global dice que nuestro sistema educativo está necesitado de cambios.
El problema no es de hoy, pues ya viene arrastrándose desde hace algunos años. Recuerdo que en esta agenda lo he tratado con anterioridad, por lo que es posible que me repita en algunos de los argumentos. Del mismo modo quiero decir que la crítica no la hago ahora que estoy fuera del sistema, ya jubilado, pues el problema latía igualmente cuando yo formaba parte de ese mismo sistema, por lo que alguna parte de culpa me corresponderá. Por todo ello quisiera dejar sentado antes que nada que lo último que hay que hacer es enrocarse en las tesis y no moverse de ellas, evitar aquello de sostenella y no enmendalla que tanto mal, creo, nos está haciendo.
Porque resulta que la Junta de Andalucía, desde hace un tiempo, viene insistiendo en ese dichoso Plan de Calidad que lo que pretende, a mi humilde entender, es lanzar el cebo de compensaciones económicas a cambio de unos mejores resultados sobre el papel. Es decir, como si ofreciera a los docentes “te subo el sueldo si pones mejores notas”. Y no es eso, por supuesto que no es eso, pues los resultados están a la vista.
¿Qué es lo que hay que hacer, entonces? Si yo lo supiera, no sería este pobre funcionario jubilado que soy, sin otras miras que la de sus paseos diarios y la de esperar que el Gobierno no nos congele, si es que no la reduce (que ya no sabe uno lo que va a pasar mañana), la pensión.
Pero, ya lo digo al principio, Zalabardo y yo no nos hemos limitado a leer los malos resultados (con solo eso es muy fácil criticar); también hemos leído análisis y estudios comparativos de unas zonas con otras, de unos países con otros. Y entonces sí, se puede argumentar algo más. En primer lugar, que es preciso reconocer que nuestro sistema educativo hace aguas. Que la culpa no es toda de la Administración ni toda de los profesores, porque no es cuestión de echar culpas sino de reconocer, con humildad y con propósito de enmienda, aquello que va mal. Y, arrimando todos el hombro, trabajar por que ese puesto que ahora ocupamos en la escala sea más alto y se acerque lo más posible a los mejores (extremo Oriente y Finlandia en el marco global, Castilla y León y Cataluña en nuestro ámbito).
Cuando leo los análisis a los que aludo, encuentro algunas de las cosas que hacen bien en otros lugares (en algunos casos, acompañadas de cosas malas que habría que evitar) y que podríamos imitar. En todos estos ejemplos, lo primero que encontramos es que se parte de reconocer que la educación cuesta dinero y se atienden las inversiones necesarias para la mejora. Ya sé que ahora estamos en etapa de crisis y que no solo el dinero repara los defectos, ¿pero no habría otras partidas en las que ahorrar sin tener que tocar siempre los presupuestos de la educación?
Otra de las cuestiones que vemos: en los países orientales, y en otros de nuestro entorno, se apuesta por la excelencia, se insiste en la formación de los mejores alumnos sin descuidar por ello a los que no llegan a tanto. En cambio, en nuestra Comunidad, se diría que lo que se hace es igualar por debajo, nunca por arriba. Hay quienes creen, sin aceptar que se equivocan, que mejorar resultados consiste en rebajar los niveles de exigencia, en reducir programas (que a lo mejor esto también). Pero esta reducción, si se lleva a cabo, habrá de hacerse racionalmente: quitando lo superfluo y respetando lo básico. Y, una vez, de acuerdo en esto, exigir un rendimiento acorde.
Es preciso luchar por la adecuada preparación de los profesores (¿cuándo nos daremos cuenta de que los Centros de Profesores han quedado obsoletos y de que no todo radica en dar ordenadores?) y defender la dignidad de la función que desempeñan. Habrá que exigir a los profesores una adaptación a los nuevos tiempos y, a la vez, habrá que recuperar la disciplina que se ha perdido en los centros (que no es imponer ningún régimen represivo, sino dejar claro que no todo vale y que el respeto de todos hacia todos es incuestionable).
Habrá que replantear el sentido, la oportunidad y la ocasión de la evaluación. ¿Tan malas son aquellas antiguas reválidas? Cataluña, por citar una Comunidad que obtiene resultados superiores a la media OCDE en comprensión lectora y semejantes a la media en lo demás, ha impuesto evaluaciones a final de primaria y de secundaria y nadie se ha rasgado las vestiduras.
Y, por último, habrá que replantearse lo que se enseña y cómo se enseña. Limitándome al área lingüística, hace unos días leía una entrevista con Víctor García de la Concha, que acaba de cesar como director de la RAE. Decía: Los chicos que llegan hoy a la Universidad tienen una preparación lingüística muy inferior a los anteriores […] Tal vez porque hemos atiborrado durante años las mentes de los muchachos con análisis gramaticales complejos. Hay que volver a lo básico: a enseñar a leer y a escribir, a leer en voz alta, a recitar, a discursear. Es lo que nos enseñaron a nosotros en la escuela. La ortografía que yo sé es la que aprendí a los 10 años. Para hacer el bachillerato había un examen de ingreso y con más de tres faltas de ortografía se suspendía. Al hilo de esto, pienso que hace más falta una enseñanza de la instrumentalidad de la lengua que otra cosa. Porque el alumno que maneja con fluidez su lengua estará en mejores condiciones de rendir en el resto de las materias.
A estas ideas que aporto se podrían unir otras. Por ese camino, digo, me parece que podríamos ir haciendo algo. Si no, a lo peor nos llevamos la sorpresa de que en el próximo Informe PISA estamos más abajo. Si ello fuera posible.
Otro asunto diferente. Mientras escribo este apunte, me viene Zalabardo a contar que acaban de dar la noticia de la muerte de Enrique Morente. Tanto él, Zalabardo, como yo, apreciamos en gran medida el cante flamenco, aunque no seamos entendidos. Y Morente ocupa un lugar destacado en este aprecio. Pongo el que creo que es su último disco y escuchamos los Tangos de la vida (Por ti la vida, ay, / mi vida, ay, / que se me va) Descanse en paz.

martes, diciembre 07, 2010


EL CUADERNO ESCONDIDO. 08. MONNA BICE (Leyendo a Dante)


Florencia era, corrían por entonces los años finales del siglo XIII, una ciudad en expansión, con un tráfico comercial de tal pujanza que había quedado estrecha para su población, hacinada entre casuchas sombrías y macizos torreones.
Nueve años tan solo contaba el joven Dante y estaba a punto de cumplir los diez. En la agitada vida de la urbe, conmocionada por los enfrentamientos familiares, su familia había decidido que estudiara letras y artes liberales para, así, conseguir de él algo diferente al pequeño propietario rural que su padre había sido.
Regresaba un día de sus clases cuando la vio por primera vez. Vestida elegantemente, ataviada de un nobilísimo color grana, aquella niña provocó en él tan profunda impresión que por primera vez Dante se sintió estremecer y sus sentidos se nublaron misteriosamente. La joven recién había cumplido los nueve años, y era tal la gentileza de su porte que el joven güelfo no pudo menos que pensar que tendría que ser hija de un dios y no de hombre.
El amor nacido de aquella visión derivó en pasión que terminaría por ser avasalladora. El joven solo suspiraba por poder estar junto a ella y mirarse en sus profundísimos ojos. Por eso cada día hacía por encontrarse de nuevo con ella, de tal modo lo había herido su figura, pero solo consiguió enterarse de su nombre: Beatrice.
Habrían de pasar otros nueve años para que la viese de nuevo, esta vez vestida de color blanquísimo y acompañada de las damas que formaban su corte.
Fue entonces cuando ella volvió los ojos hacia donde Dante estaba y con dulce mirada lo saludó. Tan herido quedó su corazón que comprendió que nadie más podía ser la dueña de sus sentimientos
A la hora nona la vio por vez primera y la misma hora era la segunda vez. Súbitamente comprendió que el nueve era su número: nueve años contaba cuando el primer encuentro; nueve más habían pasado cuando lo saludó; y nueve, sin duda, deberían ser las cualidades que la caracterizaban: afabilidad, gentileza, prestancia, donaire, belleza, elegancia, nobleza, virtud, cortesía.
Y como el nombre es consecuencia de las cosas, se decía, buscaba el que más le convenía y vio que eran nueve las letras del nombre con el que los demás la designaban: Monna Bice.
Y la llamó Lucero, y la llamó Dulzura, y la llamó Cielo, y la llamó Sol, y la llamó Gloria, y la llamó Hermosura, y la llamó Fuego, y la llamó Pasión; pero ninguno le cuadraba como el nombre de Amor, ya que Amor es tan dulce al oído que ningún otro refleja con toda fidelidad lo que ella era y provocaba en él.


Dante Alighieri (1265-1321): La vida nueva: Tutti le miei penser parlan d’Amore

Todos mis pensamientos hablan de Amor,
y tienen entre sí gran variedad,
que uno me hace desear su dominio,
otro discute locamente su valor,

otro, confiado, es causa de dulzura,
otro me hace llorar muchas veces;
y solo se conciertan en pedir piedad,
temblando por el miedo que hay en mi corazón.


Por lo que yo no sé de cuál tomar materia;
y querría hablar, y no sé qué decirme:
me encuentro así en amorosa incertidumbre.


Y si quiero que todos concierten,
habré de llamar a mi enemiga,
mi señora la Piedad, para que me defienda.

martes, noviembre 30, 2010


LA ORTOGRAFÍA “QUE VIENE”


Me preguntaba Zalabardo un día si, ante la abundancia de comentarios, críticas y análisis acerca de la Ortografía de la Academia (hasta parece, me dice, que en facebook hay un portal que blande la defensa de la y griega), de próxima aparición, yo no pensaba decir nada. Le contesté que, dado que lo que de ella se ha adelantado no es otra cosa que propuestas que debían ser refrendadas o no por los representantes de todas las academias en la reunión de Guadalajara, esperaba a tener la publicación en las manos para emitir mi juicio sobre los cambios, cualesquiera que estos fuesen.
Pero ayer volvió a la carga. Porque, argumenta en su insistencia, mira que ha levantado polvareda ese asunto de la be larga y la be corta, el destierro de ch y ll del alfabeto, la y griega desprovista de su nombre y trasmutada en ye, las tildes que deben o no ponerse en según qué palabras. ¿Ha interesado algo tanto alguna vez a tanta gente como esta pretendida “reforma” de la ortografía? El revuelo ha estado incluso a punto de convertirse en motín. Y, aunque hoy tocaba una entrega de El cuaderno escondido, accedo a su petición.
Porque ahora resulta que —¿habrá tenido algo que ver este movimiento reivindicativo?— las academias parecen que reculan un poco y donde dije digo digo Diego. Y es que, tras la reunión de Guadalajara, José Moreno de Alba, presidente de la Academia mexicana, dice que las novedades polémicas solo fueron borradores de trabajo y nunca normas firmes; que todo sigue igual, que lo que hay son recomendaciones y que de ninguna manera “habrá coscorrones”, según sus propias palabras. No me parece mal esa prudencia de los señores académicos ante el revuelo levantado. La norma debe surgir del uso generalizado y aceptado, nunca generando levantamientos hostiles contra ella.
No obstante, le digo a Zalabardo: ¿es que alguien se ha creído que las tales propuestas son realmente algo tan novedoso como para organizar lo que se ha organizado? Sinceramente creo que no y voy a tratar de justificar lo que digo. Me parece que es preciso dejar bien sentado que desde los orígenes de nuestra lengua hasta hoy ha habido menos cambios (ortográficos) de los que creemos y que las “reformas” que hoy tildamos de revolucionarias tienen más antigüedad de la que pensamos.
No quiero hacer aquí una revisión histórica del asunto. Sería largo y, posiblemente, aburrido. Me voy a centrar tan solo (yo le quité la tilde a este adverbio hace ya mucho tiempo) en la primera de nuestras gramáticas, la de Antonio de Nebrija, escrita a finales del siglo XV. Y me limitaré a solo uno de los capítulos, el quinto, del libro primero, dedicado a la ortografía.
Lo primero que notamos es que, al tratar cuáles son las letras que representan los sonidos de nuestra lengua, señala las siguientes: a, b, c, d, e, f, g, h, i, k, l, m, n, o, p, q, r, s, t, u, x, y, z. Veintitrés. Y, oh sorpresa, faltan ch, j, ll, ñ, v, w. Nebrija divide las letras en tres grupos: las que sirven por sí mismas (a, b, d, p, s…); las que sirven por sí mismas y por otras (c, g, i, l, n, u) y las que nunca sirven por sí mismas y siempre por otras (h, q, k, x, y). ¿Qué es esto? Sirven por sí mismas las que siempre representan un sonido claro (las primeras letras de mesa o puerta); sirven por sí y por otras las que, además de representar su propio sonido, pueden, a la vez, representar otros (por ejemplo, c tiene su propio sonido en casa, pero otro en cero); y siempre sirven por otras las que no representan un sonido propio (q siempre vale por c, como en queso).
Pero vamos a ver algo más. ¿Qué pasa con q o con y? Dice Nebrija: De la q no nos aprovechamos sino por voluntad, porque todo lo que ahora escribimos con q podríamos escribir con c, mayormente si a la c no le diésemos tantos oficios cuantos ahora le damos. Así, si ahora se propone escribir, por ejemplo, Catar, no es sino redundar en esta misma apreciación. Más: La y griega tampoco veo yo de qué sirve, pues no tiene otra fuerza ni sonido que la i latina, salvo si queremos usar della en los lugares donde podría venir en duda, si es vocal o consonante. Cuando se pretende validar el nombre ye, por coherencia dicen los académicos, no estamos sino participando de la coherencia de Nebrija al incidir sobre su valor más consonántico que vocálico.
¿Por qué no considera Nebrija que ch y ll sean letras, sino que se relacionan con c y l? Porque representan sonidos para los que el alfabeto latino, sobre el que se forma el nuestro, carecía de letra. Así lo explica él: El otro oficio que la letra c tiene prestado es cuando después della ponemos h, cual pronunciación suena en las primeras letras destas diciones: chapín, chico; la cual así es propia de nuestra lengua, que ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos, la conocen por suya […] Otro [oficio de l] ajeno, cuando la ponemos doblada y le damos tal pronunciación, cual suena en las primeras letras destas diciones: llave, lleno; la cual voz, ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos, conocen por suya.
La i y la u, según el gramático andaluz, también tienen dos oficios. La i vale por sí y por g (por eso más tarde surge la i larga, es decir, la j) y la u vale por si y por b (y ahí tenemos el origen de la v (u be), a la que por lo mismo llaman muchos hispanohablantes americanos be corta).
Podríamos seguir buscando ejemplos en aquella primera gramática: la cuestión de la h, de la ñ (a la que tampoco consideraba letra, sino uno de los oficios de la n), o de la k. Pero sería alargarnos demasiado.
Y después de leer estas afirmaciones de Antonio de Nebrija, le pregunto a Zalabardo, ¿podemos seguir manteniendo que los académicos de nuestro tiempo son excesivamente revolucionarios? Mi buen amigo se encoge de hombros y se muestra proclive a mi propuesta de esperar a la publicación. ¡Ojalá, le digo, cuantos ahora se escandalizan con esas supuestas reformas mostraran siempre igual preocupación por las cuestiones del lenguaje! Algo, me parece, podríamos ganar.

martes, noviembre 23, 2010


NADIE ES INFALIBLE


Muchas veces hablo con Zalabardo sobre el carácter pretendidamente educativo de esta agenda. Y me preocupa que alguien piense que a los apuntes aquí contenidos yo les pueda dar un valor más alto que el que realmente les concedo y que a mí mismo me otorgue una misión que no está en mi ánimo. Ni pretendo ser un inquisidor que vaya condenando a la hoguera a cualquier sospechoso de heterodoxia (¿quién puede, por otro lado, tachar a nadie de heterodoxo y con qué derecho?) ni aspiro a convertirme en una especie de adalid del uso lingüístico.
La última conversación entre ambos respecto a tal cuestión ha surgido porque él me dice haber percibido un cierto tufillo de suficiencia en algunos juicios míos. Le confieso entonces que, siendo yo tan fiel seguidor de Antonio Machado en muchas cosas, también procuro siempre aplicarme aquello que decía en el prólogo de Soledades: reparad que no me jacto de éxitos, sino de propósitos. Por ello, el propósito que me guía no es otro que el de transmitir mi preocupación por utilizar una lengua lo más cuidada posible. ¿Por qué? Podría exponer variadas razones, pero me valen simplemente dos: una es aquella que, en mis años de universitario en Granada, aprendí de don Manuel Alvar: procurad que la lengua que transmitís a vuestros descendientes, si no es mejor que la que habéis recibido, sea por lo menos igual, pero nunca peor. La otra la pido prestada a Cicerón: Por agradables y majestuosos que sean los pensamientos, si se expresan con palabras desaliñadas, ofenderán los oídos, cuyo juicio es muy exigente.
En la maravillosa y entrañable comedia cinematográfica Con faldas y a lo loco (coincidirán conmigo Pablo Cantos y José Manuel Mesa, tan amantes ambos del cine, en los calificativos), cuando Daphne (Jack Lemmon), que no sino un músico disfrazado de mujer que se integra en una orquesta de mujeres para huir de unos gánsteres, dice, al final de la película y al tiempo que se quita la peluca, al ricacho playboy que se ha enamorado de ella y la quiere convertir en su esposa: ¡Es que no lo entiendes, Osgood; soy un hombre!, este le responde con toda naturalidad: ¡Bueno. Nadie es perfecto!
Nadie es perfecto ni infalible. En ningún campo ni faceta de nuestra vida. Y quiero decir con ello que también yo trufaré más de dos y más de tres veces los contenidos de esta agenda con errores. Ya Zalabardo, antes de publicar cada apunte, me lo revisa y advierte sobre lo que él encuentra. Y en los primeros tiempos de la agenda, la entrañable estudiante de Periodismo Mari Paz me tiraba de las orejas de vez en cuando por lo que decía o por como lo decía. También fui objeto de crítica por parte de Garrido y algunas otras personas. Otros lo hicieron de manera anónima, no sé si temiendo, o procurando incluso, que yo me sintiera herido. No saben estos cuán equivocados estaban. Porque debo decir que, contra esta última presunción, la verdad es que agradecí todas las críticas y admoniciones que me llegaron, que me sirvieron para modificar actitudes (algunas ciertamente intransigentes) y criterios de los primeros tiempos.
Si soy sincero, debo decir que de un tiempo a esta parte echo en falta tales comentarios (a lo mejor ello es muestra de que ya nadie lee estos apuntes). Y los echo de menos porque, con ellos, igual que yo denuncio vicios de lenguaje que hallo por diversos lugares y critico modas y costumbres de todo tipo, también puedo ir puliendo mis comportamientos, usos y vicios, que de todo hay.
Nuestro ego, que con facilidad nos empuja a sentirnos en alguna medida superiores aun sin que haya motivo para ello, necesita de vez en cuando una ducha fría que lo refresque y lo haga bajarse a los límites y niveles normales. Los senderistas y cualquier aficionado a andar saben que, por recóndito que nos parezca un sendero que transitamos por vez primera, cuando se llega a su fin siempre es posible descubrir que ya antes ha estado alguien allí, que no estamos descubriendo nada.
Zalabardo me pregunta si hay algo de mala conciencia que me lleve ahora a esta especie de ejercicio de humildad; le respondo que no hay nada de eso. O a lo mejor sí, porque la realidad es que, cuando escribo esto, pienso en mi apunte de hace unas semanas sobre la Academia (¿no me pasé un poco?). Pero lo que sucede en verdad es que reflexiono sobre el hecho de que son ya muchas las cuestiones que he tratado en esta agenda y me gustaría dejar sentado que, siempre, creo haber defendido honradamente el criterio que me ha parecido más puesto en razón. Como creo también que más de una vez habré errado y más de una vez erraré aún. Y, cuando eso sucede, me gustaría saberlo; para rectificar o, si procediera, para discutir los criterios discordantes.
Quisiera terminar el apunte echando mano de dos locuciones. Aunque en su origen pudieran haber tenido otro sentido, me vienen de perlas para el final. Dice la primera: errar es de humanos. Y mantiene la segunda: nada humano (y por tanto el error) me es ajeno. Y aquí paz y, después, gloria.
Hasta la semana próxima.

martes, noviembre 16, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 07. QUE TU CAMINO SEA LARGO (Leyendo a Constantinos Kavafis)


Bastantes son los que afirman que se trata de una historia apócrifa y hasta es posible que tengan razón. Pero muchos viajeros la siguen contando para sobrellevar los largos trayectos sin caer en el tedio, o mientras se acodan en la barra de una cafetería cuando es preciso esperar a que llegue el transbordo que esperamos. Así la oí yo, en la cafetería de una estación, de boca de un viajero griego que se valió de preguntarme la hora para entablar conversación conmigo.
El caso es que dice esa leyenda, fábula o cuento, cualquier cosa que ello sea, que a los pocos días de su regreso a Ítaca tras su largo periplo una vez concluida la guerra, Ulises se encontraba ya incómodo y triste en su casa. Unos dicen que el plazo fue algo mayor, de unos meses, e incluso hay quien afirma que todo sucedió al año. Da igual para lo que importa, que no es otra cosa sino que, después de tantos peligros y aventuras, no halló en casa lo que esperaba.
El hijo, Telémaco, se le enfrentó echándole en cara los años que había debido ir formando su carácter privado de un padre que le sirviera de ejemplo y guía, tal como la experiencia le había mostrado que sucedió con la mayoría de sus amigos. Los cortesanos murmuraban de él porque, habiendo regresado hacía tiempo la mayoría de los caudillos que acompañaron a Agamenón, creían que él habría perecido e intrigaban por los pasillos de palacio buscando alzarse con el poder. Y los pretendientes de la supuesta viuda lo hostigaban por haber llegado reclamando sus derechos maritales tras tantos años de olvido y haberlos ridiculizado por presentarse disfrazado y queriendo mostrar que solo él era capaz de tensar el arco.
Solo su esposa, Penélope, no le recriminó nada, pero en el tono violáceo de sus ojeras y en las arrugas que las lágrimas dibujaron sobre su cara pudo leer Ulises el dolor y quebranto que la invadieran por tan dilatada espera. Y también en los suyos pudo interpretar Penélope, las mujeres difícilmente se equivocan en estas cosas, que el destino de su marido no era otro sino el de cumplir etapas sin meta inmediata.
Y Ulises comenzó a sentirse desgraciado. Tanto que se vio forzado a abrir el corazón a su esposa y confesarle su angustia. Ella lo contempló en silencio, lo besó luego en la frente y le dijo que le otorgaba su permiso para irse a continuar vagando por el mundo. Y que cuando creyera llegado el momento de cubrir la última etapa, allí estaría ella esperándolo, como lo había esperado hasta ahora, en su casa de Ítaca.
Y Ulises recogió sus cosas y salió de noche, oculto en la oscuridad, sin que nadie lo viera salvo su leal esposa.
La historia termina dando el dato de que todavía es posible verlo por ahí. Unos dicen que es ese viajero que lleva las solapas levantadas para resguardarse del frío y, sentado en un banco en la esquina del vestíbulo de una estación, muestra una mirada perdida en la lejanía. Otros pretenden, contra toda lógica, que sea ese joven que, provisto solo de una ligera mochila, estudia atentamente un cuadro de llegadas y salidas. Incluso alguno a quien yo le he transmitido la historia me ha dicho que pudo ser el viajero que me preguntó la hora mientras tomábamos café.
Pero yo creo que se equivocan.


Constantinos Kavafis (1863-1933): Ítaca

Cuando partas de viaje a Ítaca
desea que tu camino sea largo,
lleno de aventuras, pleno de experiencias.
No te den miedo los lestrigones ni los cíclopes,
no temas la ira de Poseidón.
En tu camino seres así nunca hallarás
si mantienes elevadas tus ideas, si una selecta
emoción guía tu espíritu y tu cuerpo.
No hallarás lestrigones ni cíclopes,
no hallarás al temible Poseidón,
si no los llevas en tu alma,
si tu alma no los yergue ante ti.

Desea que tu camino sea largo.
Que abunden las mañanas estivales
en que llegues con placer, con infinito gozo,
a puertos antes nunca vistos.
Párate en los mercados fenicios
y compra sus bienes preciados,
ámbar, ébano, coral, marfiles,
voluptuosos perfumes diferentes,
muchos, cuantos puedas abarcar.
Ve a las ciudades egipcias,
aprende en ellas, y aprende de sus sabios.

Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje.
Que dure muchos años,
y atraques en la isla ya muy viejo,
rico con lo que te dio el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Porque Ítaca te permitió ese hermoso viaje.
No habrías partido sin ella.
Ninguna otra cosa tiene ya para ti.

Y si la encuentras empobrecida, no te ha engañado Ítaca.
Sabio como serás, pleno de experiencias,
Comprenderás entonces lo que las Ítacas significan.

martes, noviembre 09, 2010


A VUELTAS CON EL GÉNERO


Nada más leer la palabra género, la cara de Zalabardo muda de color y todo él se pone que se sube por las paredes. ¿Volvemos a las andadas?, me dice; ¿otra vez con la misma monserga?, continúa. Y yo me veo precisado a calmarlo, a procurar que recobre el sosiego consustancial con su persona. Le digo que no, que no reabro la antigua lucha, que no trato de regresar a nada. Que, aunque hable del género, no voy por el camino de los miembros y las miembras o de los jóvenes y las jóvenas. Que lo que quiero tratar es una serie de confusiones que se dan en el empleo de este accidente gramatical (no se olvide lo de gramatical) y que no sé si se producen precisamente por lo anterior o tienen otra causa. En cualquier caso, son errores graves que debieran evitarse y que, sin embargo, afloran a cada instante.
Empiezo por dar unos ejemplos tomados de distintos medios en días no muy lejanos los unos de los otros. Ejemplo número 1: Fueron prontamente atendidos por la médico de guardia. Ejemplo número 2: [Sara Carbonero] tiene 26 años y es periodista deportivo. Ejemplo número 3: Si no quieres hacer el ridículo, parecer una fantoche, toma buena nota. Ejemplo número 4: Las víctimas fueron asesinados por ser parientes de huidos.
Me vais a perdonar si ahora empiezo haciendo una muy sucinta exposición de las formas que adopta el género en nuestra lengua. Doy por sentado que quienes me leéis sabéis lo que voy a decir; no obstante, creo que debo empezar por ahí para luego explicar los ejemplos anteriores. Todos los sustantivos españoles tienen un género (que no tiene nada que ver con el sexo sino con la posibilidad de combinarse con uno o con otro artículo), que puede ser masculino o femenino. Si el sustantivo, además, designa seres animados, sexuados, lo normal es que posea las dos formas (gato/gata, amigo/amiga). Sin embargo, hay algunos, los llamados comunes en cuanto al género que tienen una sola forma, la misma para los dos géneros; la diferencia genérica, en ellos, viene dada por el empleo de artículos y adjetivos (un pediatra famoso/una pediatra famosa). Y hay otros, los llamados epicenos, que son los que tienen una forma única, de masculino o de femenino, para designar tanto al macho/varón como a la hembra/mujer; hay, pues, epicenos masculinos (personaje, tiburón) y epicenos femeninos (persona, foca). La concordancia se hará, sin dudar, en la forma masculina o femenina del sustantivo (Marie Curie es un personaje famoso o Miguel Delibes es una persona amena).
En cuanto a lo que son los sustantivos que designan seres inanimados, lo normal es que posean un único género, ya sea masculino (cuaderno, tejado) o femenino (casa, estantería). No obstante, hay un grupo, relativamente escaso, los llamados ambiguos, que se pueden usar indistintamente en su forma masculina o femenina (el/la calor, el/la color, el/la mar, el/la puente). La elección de una u otra forma depende de los diferentes registros o niveles de lengua a que pertenece el hablante, de factores dialectales, profesionales, etc.
Hasta aquí, la teoría. Vayamos, entonces, a los ejemplos citados antes. Médico es un sustantivo normal y corriente que, por designar a seres animados, posee dos formas claramente diferenciadas, médico y médica (como ingeniero/ingeniera, arquitecto/arquitecta, etc.). Parece mentira que, en una época en la que se tiende a la improcedente feminización de muchos sustantivos (miembra), se insista tanto, de forma igualmente improcedente, en la incorrecta forma la médico.
Periodista es sustantivo común en cuanto al género (el/la periodista), que exige concordancia en el género (esta vez sí, biológico) al que pertenezca la persona designada. Eso quiere decir que Sara Carbonero, mujer, es una periodista deportiva y no lo que dice el texto del ejemplo.
Del ejemplo tercero, fantoche, es necesario precisar algo más. Si lo tomamos como ‘muñeco grotesco’, diremos que es un sustantivo que designa ser inanimado y tiene género masculino. Pero si lo entendemos como ‘persona grotesca y vestida de forma estrafalaria’, resulta que es un epiceno masculino. En cualquier caso, su única forma válida es un fantoche y nunca una fantoche.
Y nos queda el último ejemplo, víctima. Frente al caso anterior, víctima es un epiceno femenino, es decir, que no acepta más que la concordancia en género femenino. Habrá que decir, por tanto, que las víctimas fueron asesinadas, aunque entre ellas hubiera hombres y mujeres.
Consulto a Zalabardo si cree que este apunte sobre el género es publicable o lo considera algo plúmbeo y farragoso. Se queda pensando un rato, haciéndose el interesante. Al final, adoptando un aire displicente, me dice que el apunte resulta excesivamente teórico y, por tanto, prescindible; pero que si es mi capricho publicarlo, adelante con los faroles.

martes, noviembre 02, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 06. LA VUELTA DEL GUERRERO (Leyendo el Romancero)


Serio, reconcentrado sobre sí mismo, como si meditara sobre cuanto queda atrás y sobre cuanto le espera, el caballero, que regresa de la guerra, ocupa un lugar entre sus hombres junto a una hoguera que han encendido en una esquina del campamento. Esos toscos soldados que integran la hueste lo han invitado a compartir con ellos una jarra de vino. La alegría por la vuelta a casa se hace patente en todos los rostros. Arriba, en el cielo, brillan las estrellas y una brisa fresca, más bien fría, les da en el rostro.
Siempre le ha gustado la compañía de los hombres de su mesnada. Muchas son las penalidades que han vivido juntos y muchas las largas jornadas de camino que han realizado. Ahora están de vuelta hacia el hogar y han acampado por última vez antes de iniciar la postrer etapa del regreso. Los rudos guerreros guardan silencio respetando las pocas ganas de hablar que su señor tiene. Se diría que un negro presagio cruza por su mente.
La guerra ha sido dura; es verdad que todas las guerras lo son, pero esta les ha tenido tres largos años fuera de sus hogares. De vez en cuando, alguien rompe el silencio y comenta algo sobre las veces que han debido poner sobre el tablero sus vidas por mandato de su rey. Pero nada de eso importa a estos recios corazones si se logran tierras y gloria para su señor. El caballero medita que había hecho una promesa que no ha po-dido cumplir: «Antes de seis meses volveré», había dicho. Y ha estado fuera tres años. La vuelta a casa, se dice en silencio, lo suavizará todo.
No muy lejos de ellos, en torno a otra fogata, un bullicioso grupo pasa de mano en mano jarras de vino de las que pronto dan cumplida cuenta. No son solo soldados, también hay mucha gente que se les ha ido unido durante las diferentes jornadas: son buhoneros, cordeleros, cardadores y gente de toda laya que va de un lugar a otro buscándose la vida. Todos, ellos y los soldados, sirven de auditorio a un peregrino que se ha convertido en centro del grupo. Se le conoce por la palma que porta y que distingue a cuantos hacen romería a Tierra Santa. Cuenta las maravillas que ha tenido ocasión de contemplar durante su larga peregrinación. El auditorio, embobado, está pendiente de sus palabras mientras el vino va pasando se mano en mano.
Pero el palmero no cuenta solo maravillas de su largo viaje; no habla tan solo de las tierras remotas que ha podido visitar. Narra también sucesos acaecidos en lugares más próximos por los que ha pasado antes de topar con este grupo de soldados que vuelve de la guerra. Así, ahora da detalles de un fúnebre caso que ha tenido lugar días atrás en la cercana ciudad hacia la que se dirige aquella gente de armas.
El caballero que departe con sus hombres en la fogata próxima no ha podido evitar oír las palabras del palmero, sobre todo cuando sus oídos han sido heridos por el nombre de su lugar. Dirige sus ojos y su atención hacia el heterogéneo grupo que rodea al peregrino. Una dama de muy alta alcurnia, llamada doña Mencía, está narrando el romero, ha muerto de dolor al no poder soportar la lejanía de su amante. La melancolía y la desazón por la suerte que hubiera podido correr su amado, que estaba en la guerra contra el infiel y no ha regresado en el tiempo prometido, ha agotado sus fuerzas. Los funerales, sigue contando el peregrino, causaron sensación no ya tan solo por la alta estirpe de la difunta, sino por la soberbia y riqueza de las exequias.
En tanto ha durado la narración, el caballero que vuelve del campo de batalla ha ido perdiendo la color de su cara. Gruesas lágrimas resbalan de sus ojos y ruedan por sus mejillas. El caballero siente, allá en lo hondo de su pecho, que se le parte el corazón. A su alrededor, sus hombres guardan silencio.




Anónimo (siglo XV): Romance del palmero o de la amiga muerta


En el tiempo que me vi
más alegre y placentero,
encontré con un palmero,
que me habló y dijo así:
«¿Dónde vas, el caballero?
¿Dónde vas, triste de ti?
Muerta es tu linda amiga,
muerta es que yo la vi;
las andas en que ella iba
de luto las vi cubrir,
duques, condes la lloraban,
todos por amor de ti;
dueñas, damas y doncellas
llorando dicen así:
“¡Oh, triste del caballero
que tal dama pierde aquí”»

martes, octubre 26, 2010


CUESTIÓN DE CIVISMO


Me encuentra Zalabardo consultando detenidamente un borrador de la (cito completo su pomposo título) Ordenanza para la Garantía de la Convivencia Ciudadana y la Protección del espacio Urbano en la ciudad de Málaga, que el Ayuntamiento de nuestra ciudad ha aprobado recientemente y que comenzará a regir, según creo, el próximo día 1 de noviembre. Tras dejarme, respetuosamente, que concluya su lectura, me pregunta si conozco también el escrito de una sociedad andaluza de juristas denomi-nada Grupo 17 de Marzo. Le contesto que sí, pues ambos textos se encuentran alojados en Internet. ¿Y qué te parecen?, continúa. Le digo que encuentro casi cómico que unos defiendan la Ordenanza y otros pidan su retirada casi con los mismos argumentos.
Los partidarios de su retirada la solicitan porque creen que vulnera derechos fundamentales como los de reunión, manifestación y libertad de expresión. Los defensores, por su parte, afirman que la Ordenanza pretende garantizar la protección de derechos, libertades y seguridad ciudadana además de preservar el espacio público como un lugar de encuentro, convivencia y civismo en el que todas las personas puedan desarrollar en libertad sus actividades de libre circulación, ocio y recreo, con pleno derecho a la dignidad y los derechos de los demás.
Le comento, además, a Zalabardo, que la lectura de esta Ordenanza genera en mí un cierto estupor porque, de un lado, no puedo evitar mi rechazo, lo decía hace unos días, a este gustillo que autoridades de todos los niveles están tomando a eso de prohibir, cuando lo mejor sería proponer medidas educativas; pero, de otro, resulta que me cuesta admitir que la mayor parte de las prohibiciones contenidas en el texto tengan que ser expuestas bajo la amenaza de multa por su incumplimiento. Y es que leo que se prohíbe pintar grafitos en las paredes y en monumentos; arrojar latas y botellas de bebidas en las calles, arrojar chicles, colillas, papeles al suelo; realizar en parques y espacios públicos actividades molestas para el resto de quienes utilizan esos espacios; pegar anuncios y carteles en farolas; maltratar y destrozar el mobiliario urbano; practicar sexo en plena vía pública o en las cercanías de colegios y centros infantiles… Y le pregunto a Zalabardo: ¿es que se hace preciso recordar a alguien que tales conductas son incívicas y, por tanto, reprobables? Pues, desgraciadamente, parece que sí, que hay que recordarlo.
No sé si lo que digo es algo achacable a Málaga en mayor o menor grado que a otras ciudades, pero tengo la impresión de que en esta ciudad, y posiblemente en otras, se ha perdido aquello que en otros tiempos se llamaba urbanidad y civismo. Cito una experiencia de hace unos días. En el monte Victoria, el famoso de Las Tres Letras, se había aplicado, hace tan solo dos o tres meses, una actuación de adecentamiento y mejora. Se construyó un pequeño mirador desde el que se podía disfrutar de una bellísima panorámica de la ciudad; se habían plantado renuevos de árboles; se habituó una escalera rústica para acceder a la cima sin tener que cruzar por el más dificultoso paso de la zona de las antenas que allí se levantan. Pues bien, el otro día comprobé que el mirador ha sido destrozado y los troncos con los que se hizo el barandal están arrojados de cualquier manera por el suelo; que gran número de plantones han sido arrancados; que todo está lleno de bolsas de basura, latas, botellas de plástico. Mientras bajaba, meditaba: ¿Una ciudad así quiere ser capital europea de la cultura?
Pero lo que digo del monte Victoria vale para cualquier calle, plaza, parque o barrio. Vivimos en una ciudad sucia. Aunque haya papeleras cerca, arrojamos la basura por el suelo. Vemos a un barrendero limpiando una acera y no nos ruboriza arrojar al suelo en su cara cuanto nos sobra, sea un paquete de tabaco vacío o cualquier papel que nos estorbe en los bolsillos. Por las aceras hay que caminar saltando entre las deyecciones de los perros para evitar pisarlas. Y eso, cuando esas aceras no están ocupadas por la terraza de una bar ¿Y cómo vamos a sentarnos en el césped de un parque si nos arriesgamos a hacerlo sobre una mierda?
En mis diarios paseos compruebo cómo se inutilizan los aparatos de gimnasia que se van colocando por todas partes, cómo se destrozan esas mesas de ping-pong o esos tableros de damas de que se dotan muchos parques y paseos. Cómo se llenan las farolas, semáforos, incluso árboles, de anuncios de todo tipo. ¿Habéis visto como se han pegado carteles anunciadores de la reciente huelga en todos sitios, sin el menor respeto al soporte sobre el que se fijaban? No sé cuántos kilómetros de carril-bici ha habilitado el Ayuntamiento. Una inmensa cantidad de ciclistas los desprecian olímpicamente y siguen rodando, algunos a velocidad temeraria, por las aceras, para terror de los viandantes. El cauce del río Guadalmedina está sucio a más no poder (el lugar por donde lo cruza la avenida de Valle-Inclán, por citar un ejemplo, es un auténtico vertedero).
¿Y Málaga quería ser capital europea de la cultura?, me pregunto de nuevo. Por suerte o por desgracia, en esa carrera ya nos han eliminado.
Y, en estas, el Ayuntamiento nos sale con una Ordenanza para la Convivencia. ¿Lo hace porque es la última moda de actuación en los municipios españoles? Ahora habrá que ver si pueden ponerla en práctica. El reto no es redactarla y aprobarla; el reto es conseguir que se cumpla.
Zalabardo me pide que me tranquilice y me solicita permiso para expresar su desacuerdo con algunos aspectos de la Ordenanza. Me dice que, sobre todo, encuentra desproporcionadas las multas. No ya porque objetivamente lo sean, sino porque mejor que una sanción económica, él hubiese aplicado sanciones de servicios a la comunidad: quien rompa, que reponga o arregle; quien ensucie, que limpie; quien sea incívico, que se someta a tareas de reeducación. Y cosas así.
Creo que no estaría mal.

martes, octubre 19, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 05. UNA CALLE Y UN BALCÓN (Leyendo a Pablo Neruda)


La calle era estrecha y sinuosa. Los balcones, en primavera, se tornaban un estallido de fragancia y color por las macetas que delicadamente regaban suaves manos femeninas. Apenas era mediodía cuando el joven, de tan solo quince años, pasó por allí. Fue entonces cuando, en uno de esos balcones, se produjo el milagro. Una joven —tendría su misma edad o tal vez uno o dos años menos—, apareció orlada por el aroma y el cromatismo de las flores, mostrando el brillo de sus ojos negros y los blancos dientes que quedaban al descubierto gracias a la risa franca que iluminaba su cara.
Nuestro joven no imaginaba qué pudo haber provocado aquella risa; posiblemente, alguien a quien no se podía ver le había dicho algo desde dentro. Sintió en aquel momento que nunca hubo risa igual, que solamente los ángeles podían reír de aquella manera. Allí se quedó, prendado de su figura, pero, sobre todo, prendado de una risa que hizo alterarse los latidos de su corazón.
Luego de un instante, la joven reparó en que allí abajo, en la calle, parado, si no paralizado, estaba él mirándola y su rostro recuperó de inmediato la seriedad. Le dirigió una breve y displicente mirada y desapareció del balcón. Él permanecería en el mismo lugar un largo espacio de tiempo, pero ella no volvió a salir.
Entonces decidió que todos los días recorrería aquella calle y que se detendría bajo el mismo balcón con la esperanza de gozar de nuevo de la celestial visión. Confiaba en ver otra vez su pelo negro azabache, el suave destello de sus ojos, la aceitunada tersura de su piel. Pero, sobre todo, pasaría por allí todos los días deseando disfrutar el tesoro de su risa.
Indagó en la vecindad para saber quién era y cuál pudiera ser su nombre. Nunca llegaría a saberlo, pero en su interior decidió que habría de llamarse María. Su pecho latía con solo imaginar que ella podía salir al balcón y reírse como el primer día que la vio. Unas veces, en el balcón estaba su madre regando las macetas; otras, eran sus hermanas quienes se asomaban cuando pasaba. Pero él quería solo verla a ella y sufría porque no estaba en el balcón cuando pasaba por la calle.
Hubo días en que sí la vio. Algunas veces incluso lo miraba. En su interior creyó que había llegado a adivinar el sentido de su reiterado paso por aquella calle y sus miradas hacia el balcón. Tan es así que durante un tiempo, sobre el mediodía, siempre estaba apoyada en la baranda, se diría que esperándolo. En ocasiones, él llegó a imaginar que esbozaba aquella risa que era su tormento. Hubiese querido hablarle, y hasta juraría que ella lo incitaba a hacerlo. Pero nunca tuvo valor. Simplemente la miraba con la esperanza de sentir su risa hasta que se escondía dentro de la casa.
Hasta que un día dejó de verla. Ya no se asomaba al balcón. Durante mucho tiempo mantuvo su diario deambular por aquella calle, pero ella nunca más salió. El joven se quedó tan solo con el recuerdo de una risa, que aún hoy, después de largos años, esplende en su corazón.



Pablo Neruda (1904-1973): Tu risa (Los versos del capitán)


Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí
todas las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de tu calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca
.
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

miércoles, octubre 13, 2010



NO SIEMPRE DA ESPLENDOR


Pues ya lo véis. Se ha hecho la luz. Es decir, vuelvo a poder incluir imágenes. Pero aviso que yo no he hecho nada especial. Debía ser asunto del programa. Así que vamos a lo nuestro.
Es común entre la gente corriente (y aplico aquí el adjetivo corriente a todas aquellas personas que no son especialistas en la materia que tratamos) conceder al contenido del DRAE el valor casi de artículo de fe, tal como sucede también a muchas personas respecto a cuanto sale o se dice en la televisión. ¿Viene en el diccionario de la Academia? Entonces no hay más que decir, parece ser para muchos el argumento.
Y no es así. O no debiera serlo, pues, por muy encomiable que sea la tarea de los señores académicos (que lo es) y, en especial, la de los integrantes de la Comisión de diccionarios (no sé ahora si ese es el nombre apropiado), será preciso reconocer que no dejan de ser personas como cualesquiera otras y, por tanto, expuestas a la equivocación. Solo que un simple desliz que cometan ellos es más grave que un error nuestro de mayor bulto.
Me dice Zalabardo que, al afirmar tal cosa, pudiera pecar de presuntuoso, e incluso de pedante, ya que es de suponer que tales señores no solo son expertos en la materia, sino también cuidadosos y prudentes al actuar. De acuerdo, le digo; pero, sin embargo y con mucho respeto, digo también que se pueden equivocar. Y le añado que trataré de demostrárselo.
Resulta que, hace un tiempo (aprovecho todavía recortes del pasado verano), un periodista escribía en su artículo: Soluciones imaginativas son lo que menos busca la Federación, que va a piñón fijo, con orejeras para no ver a los lados. Siempre he tenido entendido ( me crié en un pueblo que se sostenía sobre una economía fundamentalmente agrícola y ganadera) que esas piezas de las guarniciones de las caballerías que impiden que vean por los lados y, así, fijen siempre la mirada hacia el frente, se llaman anteojeras y no orejeras, pese a que hay quien, erróneamente, confunda los términos.
No obstante, se me ocurrió consultar el DRAE y, ¡oh sorpresa!, la cuarta acepción de orejera era esta de la que hablamos. Sin salir de mi asombro (interiormente, y casi arriesgándome a dar la razón a la acusación de Zalabardo, me decía aquello de venceréis, pero no convenceréis) se me ocurrió hacer la consulta pertinente. Era viernes y en la web de la Academia me hallé con que los fines de semana la sección de consultas está desactivada. Por tanto, decidí acudir a la página de la Fundación del Español Urgente (fundeu.es); al día siguiente, recibí una respuesta en la que me decían que tengo razón, pero que el DRAE ha incluido esta acepción de orejera en su edición de 2001, pese a que su uso es muy escaso. O sea, algo así como “si el error está extendido, convirtámoslo en norma”. Llegado el lunes, no obstante, envié la misma consulta a la Academia, que, con igual prontitud, me respondió. ¿Qué me respondieron? Lo que sigue: Se encuentra en el DRAE desde la edición de 2001, si bien se documenta en algunos diccionarios de décadas anteriores por la extensión de su uso. Debo decir que he consultado las ediciones académicas de 1992, 1984, 1970 y 1956; casi cincuenta años. En ninguno de ellos aparece orejera como sinónimo de anteojera. ¿De qué diccionarios hablan?
A lo que quiero llegar es a lo siguiente: ¿Justifica que nuestro actual escaso o casi nulo conocimiento de las guarniciones, aparejos y jaeces de las caballerías deba servir para dar carta de naturaleza a lo que a ojos vista es un error? ¿No sería más aceptable que la Academia dejase clara la diferencia que hay entre unas anteojeras y unas orejeras? El diccionario de María Moliner, por ejemplo, sigue manteniendo las diferencias.
Como Zalabardo me mira con cara de no estar muy convencido, le digo que le quiero poner otro ejemplo. Casi por la misma fecha, me encontré con este otro texto, también en un ejemplar de prensa: Se soltó el campeón del mundo y fue como si el referí de un combate de boxeo hiciera sonar el gong del inicio. ¿Qué pasa con referí? Ni más ni menos que se trata de un americanismo (en algunos países americanos dicen referí y en algunos otros réferi). Como se ve con claridad, es un anglicismo (referee) que se utiliza en lugar de nuestro árbitro. Y como tal americanismo, viene recogido en el reciente e interesante Diccionario de americanismos (más de 2300 páginas) elaborado por la Asociación de Academias de la Lengua Española para dar fin a la pobreza que, en este aspecto, presentaba el DRAE. Como tal americanismo, el Diccionario de Dudas lo recoge para decir que, entre nosotros, lo correcto es utilizar árbitro. Hasta ahí, nada que decir. Pero si consultamos el avance de la vigésima tercera edición del DRAE, nos encontraremos con que allí se le da cabida. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero aplicar tal criterio significaría que debiera hacerse lo mismo con todos los americanismos. ¿Para qué entonces la magnífica obra realizada por las Academias?
Zalabardo me mira sonriendo y me dice que, de cuanto llevo dicho, lo único que le ha quedado claro es que, durante el verano, me he limitado a leer la prensa deportiva. Le sonrío a mi vez y le contesto que, a veces, ni eso.

martes, octubre 05, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 04. EN LA PLAZA (Leyendo a François Villon)

La plaza se ha ido llenando desde las primeras horas de la mañana. Gorras caladas hasta los ojos, bonetes de cuero, calzones de pana, mandiles en los que por largo tiempo se han ido secando las manos sucias las fregonas, los pescaderos, los zapateros; blusas renegridas, capotes que pretenden ahuyentar el frío, pañuelos atados bajo la barbilla que cubren las cabezas de las beatas que tras haber asistido, casi de madrugada aún, a la primera misa se han unido ahora a toda la muchedumbre expectante.
Mozos con los pies descalzos o con humildes alpargatas, personas adultas, hombres y mujeres que tendrían que estar a estas horas ocupados en otra actividad, pero que no han querido perderse el acto, viejos y viejas, han ido ocupando los tableros horizontales de la talanquera que rodea la plaza para evitar que la multitud se acerque demasiado. Niños desharrapados y con la cara llena de churretes y mocos saltan y se cuelan entre la tablazón del palenque.
En medio de la plaza, se eleva el cadalso que manos de carpinteros habilidosos han levantado durante los últimos días. Los ojos de la multitud se dirigen hacia él mientras esperan que llegue la hora anunciada. Un perro, maltratado por los mozos que ríen de su propia fechoría, lanza tristes gañidos mientras procura en vano encontrar una vía de escape entre la talanquera.
Por todas partes se oyen las voces que lanzan pregones de quienes aprovechan la ocasión para vender agua, o vino, o pasteles de carne. En una zona de la plaza todavía no ocupada por la gente, varias niñas juegan al corro, y en un rincón entre los soportales, una vieja se abre de piernas y descarga su vejiga entre las bromas y gritos soeces de quienes la observan.
Poco antes del mediodía, va extendiéndose entre la gente un rumor anunciador de que la comitiva llega. A los pocos minutos, por una calle lateral aparece un fraile portador de un gran crucifijo al que sigue otro que lanza al aire de la plaza sus rezos en alta voz. Tras ellos, en formación, unos hombres armados y, por fin, rodeados de un retén de lanceros, marchan los condenados, cuatro hombres de edad mediana con las manos atadas a las espaldas. Cerrando la comitiva, un ministro de la justicia, que será el encargado de leer cuáles son los delitos por los que se les castiga.
El gentío ha callado por un segundo, aunque pronto renuevan sus cuchicheos. Sus ojos son atraídos ahora por el afán de adivinar cuáles sean los pensamientos que ocupan la mente de los acusados. En sus rostros, en los de la multitud allí congregada, se lee el insano placer de asistir al espectáculo que se les brinda.
Al pie del cadalso, los soldados permanecen parados, en posición marcial, mientras los condenados son obligados a subir. Allí arriba, mal encarado, un siervo del tribunal, el verdugo, los espera para ponerles la soga y apretar el nudo sobre sus cuellos. El alguacil gira su mirada en derredor, como pidiendo silencio y atención, y con voz engolada lee la sentencia.
Tras ello, el verdugo tira de la palanca que abre las trampillas bajo los pies de aquellos cuatro desgraciados. Cuando no hay suelo bajo sus pies, sus cuerpos caen violentamente, mientras parece percibirse un leve chasquido de cuellos rotos que denuncia que el nudo corredizo ha realizado bien su función. Los cuerpos se balancean pendientes de la dura soga.
Por un instante, todo ha sido silencio. No se oyen pregones, ni los cantos del juego de las niñas, ni las risas de los mozos, ni las riñas de las mujeres que disputaban por un mejor lugar de observación, ni el gañido de los perros. Pero solo ha sido un momento. Luego, el grito de placer de todas las gargantas se ha alzado al unísono. El espectáculo ha valido la pena.


François Villon (1431?-1463?): Balada de los ahorcados


Hermanos que nos sobreviviréis,
no seáis con nosotros duros de corazón,
que si piedad sentís por nuestra miseria
Dios os lo pagará con su clemencia.
Cinco o seis de los nuestros veis colgados aquí:
la carne, que tan bien alimentamos,
ya podrida ha sido devorada,
y los huesos que quedamos pronto serán ceniza, polvo.
Que nadie se ría de nuestro mal,
¡sino rogad a Dios que a todos nos absuelva!


Si os llamamos, hermanos, no debéis
despreciarnos, aunque hayamos sido ejecutados
con justicia... Pues bien sabéis
que no todos los hombres son sensatos;
perdonadnos, ya hemos muerto, estamos
ante aquel nacido de María,
y que su gracia no se agote
y nos preserve de los rayos infernales.
Muertos somos, que nadie nos moleste,
¡sino rogad a Dios que a todos nos absuelva!


La lluvia nos ha vaciado y lavado
y el sol ennegrecido y resecado;
las urracas y cuervos vaciaron nuestros ojos,
arrancaron las barbas y las cejas.
Cuando vivíamos nunca descansamos;
ahora, según el viento,
a su antojo al fin nos balancea,
más picoteados que un dedal.
No seáis nunca de nuestra cofradía,
¡sino rogad a Dios que a todos nos absuelva!


Príncipe Jesús, que sobre todos reinas,
no dejes al Infierno devorarnos:
allí nada tenemos que saldar.
Y vosotros, no os burléis de nosotros,
¡sino rogad a Dios que a todos nos absuelva!

miércoles, septiembre 29, 2010

Y EL VERBO SE HIZO UN LÍO


Aquí, lo primero que se tendría que ver es un hermoso caballo blanco haciendo una cabriola. Pero ni caballo ni cabriola. Y no penséis que es por culpa de la huelga o algo de eso. Simplemente sucede que, en el editor que utilizo para esta agenda, la herramienta para subir imágenes ha cambiado y como ni Zalabardo ni yo somos expertos en estas lides pues no consigo incluir la imagen. ¡Qué le vamos a hacer! Ya estamos buscando ayuda para solucionar el problema. Así que os imagináis el caballito y su cabriola y vamos con el apunte de hoy.
De todos es sabido que el sistema verbal español tiene su miajita de intríngulis; que, aun exagerando un poco, podríamos decir que sobreabundan las formas irregulares sobre las regulares; que a un extranjero que se ponga a aprender nuestra lengua la conjugación se le atraganta más de una vez. Y podríamos seguir diciendo, por ejemplo, que los niños pequeños, cuando están empezando a hablar, tienden a usar todos los verbos como regulares (y así, dicen cabo, sabo, soño, etc., en lugar de quepo, , sueño, etc.), aunque según van avanzando en un aprendizaje natural del idioma, van dominando, también de forma natural, las irregularidades.
Hago esta introducción porque en este pasado tiempo de descanso he podido entresacar, de diferentes medios, una amplia colección de perlas, todas ellas de naturaleza verbal, que deberían hacer sonrojar, unas más que otras, a quienes hicieron uso de ellas. Hace días hablaba de la necesidad de cuidar las redacciones y las exposiciones orales. Ahora tendría que añadir que para algunos, aquellos para quienes el idioma es un instrumento cotidiano, un útil de trabajo y no un mero vehículo de comunicación, también habría que recomendar el repaso de la morfología y de la ortología, que, como sabemos, no es solamente el arte de pronunciar bien sino, de modo más general, el de hablar con propiedad.
Cuando recogía estos casos, me trataba de aclarar Zalabardo que pensara en el hecho de que durante el verano hay menos personal en las redacciones, que se puede relajar un poco la atención, que es la oportunidad para los becarios. Yo le respondía que todo eso estaba muy bien, pero que para la corrección y el cuidado del lenguaje no debe caber ninguna clase de relajación.
Y vamos con algunos de los casos de los que hablo. Pude leer un día: en aquel lugar se arrice cualquiera. En principio, todo parece normal; salvo si tenemos en cuenta que el verbo arrecir es defectivo, es decir, que no posee todas sus formas. Cualquier diccionario nos dirá que de él solamente se usan aquellas formas cuya desinencia empieza por –i. Así, el presente solo tiene dos formas, la primera y la segunda personas del plural arrecimos y arrecís; y la forma más utilizada es el participio, arrecido. Por tanto, no existe esa tercera persona singular arrice que recogía el texto.
En otro de los ejemplos, una crónica deportiva, se dice: “¡A por ellos, oé!”, trona la grada. ¿Es preciso explicarle a alguien que la tercera persona de tronar es truena, como de dormir, duerme? Pues eso, que sobra cualquier otro comentario.
Vamos con otro caso: La respuesta municipal ha sido que no a lugar. Todos sabemos que haber lugar es una construcción que significa ‘darse las condiciones para que algo se produzca’ y que más comúnmente se utiliza en formas negativas, no haber lugar. En el presente del verbo, alternan las formas hay o ha; pero, eso sí, siempre con h.
Los casos siguientes son de otra naturaleza. No tienen que ver con la morfología ni con la ortografía simplemente, sino más bien con la propiedad de su empleo. Leía en una crónica sobre las corridas de toros y los correbous, que finalmente han sido declarados “tradición que debe ser preservada”: el bravo de 550 kilos [...] raspa el suelo con la pezuña izquierda y se cabriola encarándose a los jóvenes. Vayamos por partes. ¿Qué pasa con raspa? Pues que aparte de que tal verbo significa ‘frotar ligeramente algo quitándole alguna parte superficial’, cuando los toros remueven con su pezuña el suelo y echan la tierra para atrás se dice que escarban, nunca que raspan. Además, aunque la observación ahora no importa, los entendidos suelen decir que tal comportamiento es señal de poca bravura. ¿Y qué pasa con se cabriola? Primero, que ese verbo, intransitivo, no admite la construcción pronominal (cabriolarse). Segundo, que cabriolar significa ‘hacer cabriolas’ y cabriola, por si alguien no lo recuerda, es el ‘salto que da el caballo, soltando un par de coces mientras se mantiene en el aire’ (¿Véis a cuento de qué venía la imagen del caballo?). O sea, que un toro no hace cabriolas. ¿O a lo mejor sí?
Y vamos con el último caso. Aviso, de principio, que este es más discutible y que, incluso, se podría considerar correcto. Sin embargo, considero, humildemente, que sería más apropiado utilizar para lo que se dice un verbo diferente. En una noticia sobre fosas de la guerra civil, se dice: conseguirán exhumar la fosa. Teniendo en cuenta que exhumar significa: ‘1. Desenterrar un cadáver o restos humanos, y 2. Desenterrar ruinas, estatuas, monedas, etc.’, ¿se puede exhumar una fosa? En principio, hay que decir que sí, aunque lo más adecuado sería aceptar que lo que se exhuma son los restos humanos en ella contenidos y que una fosa, mejor, se abre o se descubre. Pero, ya digo, este empleo puede pasar.
Todo ello, comento con Zalabardo, son detalles que alguien considerará nimios; pero no debería olvidarse que los medios de comunicación no persiguen tan solo una función informativa. Tan importante, o más, es la función formativa y educativa. Y hablar y escribir bien la lengua propia es una tarea a la que no debiéramos nunca renunciar. Al menos, eso es lo que yo pienso.

martes, septiembre 21, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO.03. GUIOMAR (Leyendo a Antonio Machado)


Querido Antonio:

Cuando en mis manos he visto el bello poema que me envías y lo he leído, no he podido por menos que recordar la estrellada noche de junio, apenas si habíamos superado la noche de San Juan, en que, en Segovia, realizamos el largo recorrido hasta el Alcázar.
El paseo por los jardines de aquel palacio encantado a cuyo pie los ríos Clamores y Eresma se hacen uno constituye el mejor símbolo de que nuestras almas también se hicieron una. No puedo negar que fue aquella una de las más felices experiencias de mi vida. El jardín, las solitarias calles, el brillo de las estrellas en el cielo, forman ya un decorado inalterable en el que, desde entonces y como en un sueño, transcurre mi vida.
Todo fue distinto a aquel otro día en el que nos vimos por vez primera. Con tu aspecto desaliñado, tu timidez, tus silencios y tu bondadoso rostro me pareciste tan desvalido... Tampoco yo acertaba a hablar, cohibida ante el gran poeta al que tanto admiraba. Ya ves, yo, que nunca he sido capaz de memorizar un solo verso mío, podría recitar de memoria infinitos de los tuyos. Y ahora, para mayor felicidad, me encuentro con que soy la musa que inspira tus poemas.
Los dos hemos sido desgraciados, cada uno por diferente razón, y los dos hemos hallado, el uno en el otro, el fuego que cauterice la herida. Pero debes comprender que para mí resulta imposible lo que me pides.
Mi condición, mis creencias, mi educación, me dicen que no soy una mujer libre. Ya intenté explicarte en otra ocasión que para mí no puede haber ya otro tipo de amor salvo el que se sostiene sobre la limpia fusión de los corazones, la sintonía de las almas y la ternura mutua, alejado de cualquier contacto físico.
Mientras así lo aceptes, perdurará esta amistad nuestra, más profunda y fuerte que cualquier otro tipo de lazo. Espero tu vuelta para volver a encontrarnos en “nuestro” Jardín de la Fuente, de Moncloa.

Hasta entonces, sabes que tuyo es mi corazón. Pilar.


Antonio Machado (1875-1939): Canciones a Guiomar

En un jardín te he soñado,
alto, Guiomar, sobre el río,
jardín de un tiempo cerrado
con verjas de hierro frío.
Un ave insólita canta
en el almez, dulcemente,
junto al agua viva y santa,
toda sed y toda fuente.
En ese jardín, Guiomar,
el mutuo jardín que inventan
dos corazones al par,
se funden y complementan
nuestras horas. Los racimos
de un sueño —juntos estamos—
en limpia copa exprimimos,
y el doble cuento olvidamos.
(Uno: mujer y varón,
aunque gacela y león,
llegan juntos a beber.
El otro: No puede ser
amor de tanta fortuna:
dos soledades en una,
ni aun de varón y mujer).

martes, septiembre 14, 2010


EL ORDEN DE LOS FACTORES

Vencido ya, casi, el verano y acabadas las vacaciones (¿cuántas veces he dicho —alguno pensará que ya resulto pesado— que, pese a estar jubilado, mis biorritmos funcionan aún por el calendario escolar?) aquí estamos, Zalabardo y yo, dispuestos a tomar de nuevo la senda de los comentarios a diferentes usos lingüísticos o a cualesquiera temas de actualidad. Como decía hace poco, el hecho de haber iniciado la temporada con el contenido de ese cuaderno escondido que tan callado se tenía Zalabardo no impedirá que en esta agenda sigan apareciendo los apuntes tradicionales.

Nadie negará que si del verano quisiésemos hablar, dos temas se elevarían sobre los demás: el triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol y la prohibición de las corridas de toros (que no de los correbous, pues si aquellas son “actos crueles” estos son “tradiciones que hay que conservar”) por el Parlamento catalán. Pero podéis estar tranquilos porque no voy a hablar de nada de eso. Del Mundial porque no sé si se ha dicho ya todo; de la decisión del Parlamento de Cataluña, porque sería dar mucho eco a esa insana e irrefrenable vocación que sienten los políticos, no solo los catalanes, por cuanto signifique prohibir (fumar, la prostitución, los anuncios de servicios sexuales en la prensa...)

Pero, ya digo, pasaremos de eso. Y si un nuevo curso está dando sus primeros vagidos, me pide Zalabardo que rompa una lanza a favor de una mayor atención a los usos escrito y hablado de la lengua. Como considero que es una petición muy puesta en razón, nada mejor que hacerle caso.

Fuera ya de la actividad docente, no cabe duda de que dispongo de una mayor perspectiva para ver las cosas. Y así, creo haber percibido que, desde hace unos años, bastantes, a esta parte, en la enseñanza de la lengua y la literatura se peca, y tengo que reconocerme incurso en ese mismo pecado que voy a criticar, de incidir en demasía en una teoría de la sintaxis (por encima de cuidar una mejora del uso oral y escrito de la lengua) y de poner énfasis en la historia de la literatura en detrimento del fortalecimiento del placer por la lectura y de la práctica de la creación literaria. No digo que haya que convertir a los alumnos en émulos de Castelar o de Delibes, por citar dos ejemplos de fino estilo en expresión oral o escrita; pienso tan solo en que hagamos de ellos personas dotadas de una conveniente capacidad de manifestarse en esas dos modalidades de la lengua.

Porque la consecuencia de todo ello es que, a la hora de la verdad, nuestros alumnos son incapaces de redactar con un mínimo de estilo cualquier texto o de hacer una exposición oral que no sonroje al auditorio. Y quien dice nuestros alumnos, dice los profesionales del periodismo, la política o cualquier otra actividad. Pongamos unos ejemplos. Todos sabemos que nuestra lengua dispone de una amplia libertad en el orden de los elementos de la frase, que estos no piden una colocación rígida. Pero no debemos perder de vista que si el orden de los factores no altera el producto en aritmética, en la lengua, a veces, puede que sí lo haga; y no poco. Por eso debemos tener sumo cuidado para, cuando queremos decir una cosa, no decir otra diferente, aun a nuestro pesar. No sé si ya referí alguna vez lo del cartel que se pudo leer en el escaparate de una sastrería que anunciaba gran surtido de pantalones para caballeros de tergal.

Me diréis que eso es una pura anécdota y que, pese a todo, se entiende lo que se quiere decir, ya que, entre otras cosas, no hay caballeros de tergal. Vayamos por partes: primero, claro que se entiende, pero no es cuestión de decir las cosas, sino de decirlas bien; y, segundo, que no es algo tan anecdótico y casual. A comienzos de verano, me topé con la siguiente frase en un reportaje: [José Mª Díez-Alegría] ya se había enfrentado al régimen franquista por ponerse del lado de los más débiles. Quien conozca a los actores de la frase sabe bien que quien se inclina a favor de los débiles es Díez-Alegría. Pero, para quien no, la frase pudiera resultar ambigua y podría ser interpretada de otro modo. Y nadie me negará que también es ambigua, e incluso cómica si no fuera porque se refiere a una realidad trágica, esta otra frase, más reciente, pero del mismo tono: El subalterno recibió dos graves cornadas en el muslo derecho del toro devuelto. ¿A quién pertenecía el muslo corneado, al subalterno o al toro?

Y si en estos fallos incurren personas de quienes presuponemos que se expresan bien, ¿qué no harán los demás? Ya sé que eso de las composiciones escritas o las redacciones, así como las exposiciones orales ante un auditorio, pueden parecer ejercicios desfasados, pero creo que no estaría de más volver a ellos de vez en cuando. Claro que el ejemplo que recibimos de más arriba no ayuda a optar por ese camino. Estoy pensando en el ejercicio de lengua española, en la prueba de acceso a la Universidad de junio, que pedía el análisis y comentario de una perífrasis verbal que, para colmo, ni siquiera era perífrasis.

miércoles, septiembre 08, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 02. COMO LA UÑA DE LA CARNE (Leyendo el Poema de Mío Cid)


Allá, en una esquina de la sala apenas iluminada, sentado sobre un escabel, podemos ver al caballero. La mejilla apoyada sobre la mano derecha y el ceño fruncido, contempla en su torno todo aquello que ha de abandonar dentro de pocas horas.
Un velo de tristeza le cubre el rostro. Los ojos, acuosos, luchan por no derramar las lágrimas que, a duras penas, pueden contener. No quiere que sus hombres lo vean así. No quiere que se diga que ha sido débil a la hora de afrontar el castigo impuesto por su señor.
Mira las estancias vacías, como vacías están las perchas, sin aquellos pájaros tan lucidos con los que salía a cazar los pocos días que no le ocupaba la guerra. Se los ha dejado a su sobrino, el joven Félix Muñoz, que tan aficionado se ha mostrado a la cetrería desde que fue capaz de sostener sobre su puño a un azor.
Jimena ya no está. Y tampoco las hijas, las casi niñas aún Sol y Elvira. Ha considerado más prudente mandarlas por delante, acompañadas de fuerte séquito, hacia Cardeña. Allí, en San Pedro, permanecerán al cuidado del abad el tiempo que dure su estancia fuera de Castilla.
Él ya sabía que esto podía suceder, y Jimena bien que se lo avisó, cuando se prestó a ser quien exigiera a don Alfonso el juramento de no haber tomado parte en la muerte de su hermano. Otros muchos pusieron excusas para no hacerlo; pero él nunca había sido de los que dan un paso atrás en momentos decisivos. Y su honor de caballero y la lealtad debida a su rey, don Sancho, alevosamente muerto a las puertas de Zamora, requerían pedir la jura ante el altar de Santa Gadea.
Todos estos pensamientos lo asaltan mientras está sentado en aquella esquina. Pero también sabe que no debe retardarse ya mucho. Los plazos dados por el rey se van cumpliendo y no es posible demorarse más. Si quiere llegar con la amanecida a San Pedro es hora ya de ponerse en camino. Jimena es fuerte y sabrá sobrellevar la distancia, pero las niñas son pequeñas y desvalidas; ¿qué será de ellas?
Los pocos hombres que lo acompañan esperan fuera. Ojalá se les unan algunos más. El caballero comprende que no sirve de nada lamentarse ni se gana nada permaneciendo allí sentado. Y menos mal que han conseguido, bien que con engaños, que Raquel y Vidas, los dos usureros, les den el dinero que precisan para los próximos gastos.
Rodrigo se levanta, echa una última mirada a todo su alrededor y se ajusta los guantes. Jimena y sus hijas lo esperan allá en San Pedro. Ya es hora de ir a despedirse de ellas. Fuera, sus leales, jinetes ya sobre sus monturas, esperan, dispuestos a partir. Martín Antolínez, su buen amigo, sostiene las riendas de su caballo. En el cielo se observan los primeros indicios de que pronto llegará la amanecida.



Cantar de Mío Cid (siglo XII): El Cid, camino del destierro, se despide de su mujer e hijas (texto modernizado)


Aprisa cantan los gallos y quiere romper el amanecer
cuando llegó a San Pedro el buen Campeador
con los pocos caballeros que le sirven por su voluntad.
El abad don Sancho, hombre buen cristiano,
rezaba los maitines, al tiempo que amanecía;
y doña Jimena estaba con cinco de sus damas,
rogando a San Pedro y a nuestro Creador:
—Tú, que a todos guías, ayuda a Mío Cid el Campeador[...]


Delante del Campeador, doña Jimena se puso de rodillas,
lloraba abundantemente, le quiso besar las manos.
—¡Merced, Campeador, que naciste en buena hora!
Por malos intrigantes sois ahora echado de esta tierra.


¡Merced, Cid, de barba tan excelente!
Henos aquí ante vos yo y vuestras hijas,
que son pequeñas y aún casi niñas [...]
Bajó las manos el de la hermosa barba
y a sus dos hijas en los brazos las cogía,
las apretó contra su corazón de tanto como las quería;
llora de forma abundante y suspira con fuerza:
—¡Ya, doña Jimena, mi amada mujer,
igual que a mi alma así es como os quiero!
Ya lo veis que hemos de separarnos en vida,
yo me iré, y vosotras aquí habréis de permanecer [...]


El Cid a doña Jimena la va a abrazar,
doña Jimena al Cid va a besarle la mano,
lloran de tal modo que no saben qué hacer,
y él a las niñas vuelve a mirarlas:
—A Dios os encomiendo, mis hijas, y al Padre Celestial,
Ahora nos separamos, Dios sabe cuándo nos volveremos a unir.
Llorando tan fuertemente, que nunca se vio escena igual,
así se separan unos de otros como la uña de la carne.

viernes, septiembre 03, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 01. EL CUADERNO


Rara vez, esa es la verdad, voy a casa de Zalabardo. Por lo general, es él quien viene a la mía o bien quedamos citados en cualquier lugar de la ciudad. Pero este pasado mes de julio, sin que yo recuerde ahora cuál fue el motivo, me presenté en su casa. Me pidió que me sentara y lo esperara mientras preparaba un té (descafeinado) para los dos.
Mirando a mi alrededor, pude observar que en una estantería estaban los cuadernos que él me presta para recoger los apuntes que van apareciendo aquí desde el año 2006. Sabía que ya son bastantes, pero no imaginaba que fuesen tantos.
Mientras los hojeaba, algo atrajo mi atención. Allí, entre los depositarios de la Agenda, había un cuaderno que, por su forma y color, yo no recordaba haber visto nunca. Estaba allí, como escondido y disimulado entre los demás. Lo cogí y abrí al azar. Me encontré con que era un poema de Cavafis precedido de un breve texto, escrito, supongo, por el propio Zalabardo, y que, según me fue dado comprobar, de alguna manera se relacionaba con el poema.
Cuando volvió de la cocina portando una bandeja con dos tazas de té humeante y un plato con galletas, le pregunté qué era aquello. En un primer momento quedó como confuso y el rubor coloreó sus mejillas. Tras soltar la bandeja en una mesa, me pidió con palabras corteses, aunque firmes, que no leyese aquello y le devolviera el cuaderno. Naturalmente, no le hice caso y no solo pasé más hojas sino que lo forcé a que me explicara qué era aquel cuaderno.
Mucho tuve que insistir, pero al final cedió y se mostró dispuesto a darme cuentas. Dijo que en aquel cuaderno solía copiar poemas o fragmentos de poemas que, de alguna manera, le habían causado impacto profundo la primera vez que los leyó. No eran, por lo que me dijo, lecturas recientes, sino que pertenecían a épocas muy diferentes de su vida. Los poemas, continuó, no eran necesariamente los mejores de sus autores, ni de su época, ni de su estilo. Eran simplemente textos que a él le habían conmovido hondamente, muchas veces sin que se supiera bien la razón.
Entonces, un día, le costaba indudablemente continuar su relato, decidió reunirlos todos para que no se le perdieran. Y, sin saber cómo, pensó que no estaría mal acompañarlos de un comentario que no era tal, ni tampoco glosa, sino una humilde y simple historia alusiva, unas veces más y otras menos, al contenido tratado. En aquel cuaderno no había demasiados y no sé si ahora, una vez conocido su secreto, seguirá incluyendo otros.
Por supuesto, me dijo con mucho énfasis, aquello no era una antología ni pretendía serlo, como entendería si leía también el texto de Machado que había escogido para iniciar la relación. Las antologías, me dijo, no solo suelen ser pretenciosas, sino, en su mayoría, falaces, pues casi siempre reflejan un criterio muy parcial y alejado de la necesaria neutralidad.
Le pedí permiso para publicar en la Agenda la colección que allí había y los textos que introducen cada poema. Es de imaginar lo que me ha costado, pues se negaba en redondo. Pero al fin lo convencí. Los poemas del cuaderno no guardan ningún orden cronológico ni temático ni de ningún otro tipo. He creído que lo mejor es irlos dando tal como aparecen, pese a que él quería revisarlos y ordenarlos. Y también he creído que debería reproducir aquí el texto de Antonio Machado con el que abre su cuaderno:




Antonio Machado (1875-1939): Juan de Mairena (1934-1936)


Si yo intentara alguna vez un florilegio poético para aprendices de poeta, haría muy otra cosa de lo que hoy se estila en el ramo de las antologías. Una colección de composiciones poéticas de diversos autores —aun suponiendo que estén bien elegidas— dará siempre una idea tan pobre de la poesía como de la música un desfile de instrumentos heterogéneos, tañidos y soplados por solistas sin el menor propósito de sinfonía. Además, una flor poética es muy rara vez una composición entera. Lo poético, en el poeta mismo, no es la sal, sino el oro que, según se dice, también contiene el agua del mar. Tendríamos que elegir de otra manera para no desalentar a la juventud con esas «Centenas de mejores poesías» de tal o cual lengua. Porque eso no es, por fortuna, lo selectamente poético de ninguna literatura, y mucho menos de ninguna lengua.


Recordaréis que había prometido cambios para después del verano. Lo que no imaginaba es que en mis manos caería este cuaderno escondido de Zalabardo que me facilita la tarea. En semanas sucesivas, ya sea alternando, o no, con los tradicionales apuntes de esta Agenda, irán apareciendo los poemas del cuaderno. También observaréis que otro cambio afecta al aspecto exterior de la Agenda. Espero que no os disguste ni una cosa ni la otra.