domingo, marzo 17, 2013

NO ES SOLO LA ORTOGRAFÍA

            A veces, ante una determinada situación, no sabe uno si reír o llorar, le digo a Zalabardo; pero los años, que acaban por curtirnos, consiguen que, por lo menos, asumamos los acontecimientos sin excesivas dosis de desgarro, con la paciencia de quien confía en que, por mucho que llueva, llegará el día en que escampe. La experiencia nos dice que así ha sido siempre. Incluso tras el bíblico diluvio escampó.    
            Hace poco, leíamos en la prensa un reportaje en el que se cuestionaba el escaso dominio de la ortografía, no ya en los niveles básicos y medios, sino también en los universitarios. ¿Debe graduarse el universitario que escribe habrir?, se preguntaba el reportaje. Zalabardo me preguntaba si le dedicaría al asunto algún apunte. Le contesté que ya habían hablado otros y no creía que mi voz aportase nada nuevo.
            Pero ahora, esta misma semana, ha visto la luz otro informe que denuncia un grave problema:  muchísimos aspirantes a plazas de maestro de primaria (evito dar porcentajes para no marear con las cifras) ignoran la diferencia entre basta y vasta, o desconocen el significado de disertación, o no aciertan a decir por qué provincias pasa el río Guadalquivir (algunos incluso contesta que el Ebro pasa por Madrid), o no atinan a decir cuántos gramos son 2 kilogramos y 30 gramos, o se sienten confusos a la hora de reconocer qué clase de animal es un gavilán, o… ¿Para qué seguir? ¿Nos extrañará aún que incluso entre universitarios haya quienes confundan las formas homófonas de echar y hacer, que no sepan diferenciar entre desecho y deshecho?
            Errores ortográficos, y aún más, sintácticos y prosódicos, resultan por desgracia frecuentes en la escuela y en la universidad; pero, en igual medida, resultan habituales errores que afectan a otras materias. Sin olvidar que tales errores, de los unos y de los otros, nos hieren ojos y oídos a diario en los medios de comunicación. Y esa ignorancia, al cabo de eso se trata, la percibimos en nuestros políticos y en muchos profesionales.
            La conclusión que muchos sacan es tremendamente simplista: a los escolares se les proporciona una deficiente formación; ergo, los profesores realizan mal su labor. Por si no fuese ya suficientemente bajo nuestro prestigio social, reportajes de esta naturaleza vienen a echar leña al fuego.
            Por eso, le digo a mi amigo, decido ahora saltar al ruedo y  dejar oír mi voz, aunque carezca del eco suficiente y no tenga más fuerza que el ruido de mis pasos cuando paseo por el monte, que a lo más que llega es a asustar a un pajarillo tranquilamente posado en la rama de un árbol.
            Y trato de convencer a Zalabardo de que intentaré no ser corporativista y aceptar la parte de responsabilidad que a los docentes (yo ya estoy jubilado, pero me incluyo entre ellos) nos corresponda en esta realmente peliaguda situación, aunque los profesores, empecemos por ahí, somos una consecuencia del sistema, no los culpables del mismo.
            Para mí, todo deriva de algo que he repetido muchas veces: sufrimos un sistema educativo de lo más rancio e ineficaz que podamos imaginar. Un sistema definido, mantenido e impuesto por políticos que solo atienden a sus intereses de partido con olvido del interés general; un sistema que sucumbe con cada cambio en el poder para poner otro en su lugar; un sistema que no permite que sean expertos y técnicos en la gestión de asuntos educativos quienes se encarguen de su funcionamiento y mantenimiento, sin injerencias de los avatares sobrevenidos de la veleidad de las urnas. Vemos, pues, impotentes, cómo las decisiones las toman personas, muchas de ellas, con poca o ninguna experiencia docente, que ocupan un despacho por el exclusivo mérito de pertenecer al partido gobernante.
            Los datos citados al principio proceden de la Comunidad de Madrid. Pero aquí no somos muy diferentes, por desgracia. Que el sistema hace aguas por todas partes y es preciso poner los medios precisos para reflotarlo lo vemos en detalles que, aunque algunos lo crean, no son tan insignificantes.
            Hace unos años, formé parte de un tribunal de oposiciones a profesores de secundaria. Un tercio de los aspirantes se retiró antes de cinco minutos de haber comenzado la primera prueba;  eso sí, tras solicitar el certificado de que se había presentado a la misma. ¿Por qué? Lo integraban interinos y los sindicatos habían pactado con la Administración mantenerlos en sus puestos con la única condición de presentarse a la oposición; aunque no aprobaran. Áteme usted esa mosca por el rabo.
            En la misma oposición, un aspirante suspendido en la primera prueba, reclamó. Por supuesto, estaba en su derecho: exponía su desacuerdo con la calificación y sus dudas de que su ejercicio, que consideraba correcto, hubiese sido corregido. Lo recibimos y le explicamos que su nota obedecía no solo a notables errores de contenido, sino a la muy deficiente ortografía, poco disculpable en alguien que pretendía ser profesor de Lengua Española. No comprendió nuestras razones; objetaba que en ningún lugar de la convocatoria se hablaba de que la ortografía pudiese tenerse en cuenta.
            ¿Nos cabe a los profesores alguna culpa? Siento decir que sí. No generalizo, pero los profesores de Lengua Española estamos hartos de oír a profesores de otras materias que ya es bastante corregir sus propios contenidos como para prestar también atención a la ortografía y a la expresión. Me callo la opinión que tal argumento me merece. Pero como en todas partes cuecen habas,  también he de declarar que hay profesores de Lengua que conceden más mérito a un análisis sintáctico que a una adecuada expresión, con cuidado de la redacción, de la ortografía y del léxico.
            Podría seguir exponiendo casos, pero me alargaría en exceso; me limito a plantear unas preguntas: ¿Qué se hace en nuestro país en pro del perfeccionamiento y actualización del profesorado? ¿Cuándo entenderemos que un profesor no tiene que ser exclusivamente un “pozo de ciencia”, sino, a la vez, poseer una capacitación pedagógica? ¿Cuándo, cómo y poor parte de quiénes se ayuda a los aspirantes a profesores a conseguir dicha capacitación? ¿Qué recursos, que no todo consiste en ordenadores y pizarras electrónicas, pone la Administración a disposición de los centros educativos para que la labor que se les exige pueda ser desempeñada en óptimas condiciones? Si algo de ello falta, difícilmente podremos pedir "todas" las responsabilidades a los docentes. Por otra parte, ¿cuándo veremos a los políticos dejar de meter las manos en lo que no saben y permitir que al frente de la gestión educativa haya gente experta? Si otras cosas requieren dinero, esto no precisa más que de buena voluntad. Y, por último, para no cansar, ¿cuándo se comprenderá que la base del buen sistema educativo está en la adquisición, en los primeros niveles, de las competencias básicas para el aprendizaje y que, entre estas, no hay ninguna más importante que la del conocimiento de la propia lengua (ortografía, expresión oral y escrita, comprensión lectora y léxico), vehículo e instrumento que nos permitirá avanzar en todo lo demás? ¿Y cuándo seremos los profesores más críticos con el sistema y empezaremos a exigir las reformas de fondo que hacen falta?          
            Si, después de todo esto, le digo a Zalabardo, me preguntan si creo que un alumno universitario que escribe habrir puede graduarse, contestaré que mi opinión es que no debería haber aprobado siquiera la secundaria. 


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