domingo, noviembre 02, 2014

OTOÑO EN CASTAÑO DEL ROBLEDO


Sendero Rodeo del Cerro Castaño

            Hay enunciados —me insinúa Zalabardo— que se repiten como verdades tan obvias que nadie pone en duda pese a la cantidad de argumentos que se les pueden oponer: los tres Reyes Magos, los siete niños de Écija, las cuatro estaciones del año, los treinta Reyes Godos… Luego, resulta que un somero análisis nos tira los palos del sombrajo y nos deja, como vulgarmente se dice, con el culo al aire. Y mi amigo tiene mucha razón, como vamos a intentar ver.
            Empecemos. Creo que muchos de mi edad no olvidaremos el trauma de tener que memorizar aquella inacabable lista que empezaba en Ataúlfo y se cerraba con don Rodrigo; ahora resulta que, según se mire, los reyes godos pudieron ser treinta, treinta y tres, treinta y cuatro o treinta y seis. ¿Y los Reyes Magos de Oriente? Solo el Evangelio de san Mateo dice: unos magos vinieron de oriente. Ni cuántos, ni cómo se llamaban; en tradiciones posteriores fluctúan de tres a doce y, para colmo, el propio papa Benedicto xvi, en su libro sobre la figura de Jesús, insinúa que pudieron proceder de Tartessos. O sea, que los Reyes Magos, si existieron, fueron andaluces.
Sendero Ribera de Jabugo
            ¿Y las estaciones del año? ¿Cuántas son, cómo se llaman y en qué orden han de ser enunciadas? Porque, si nos atenemos a nuestras más cercanas tradiciones, nos encontramos que, para los romanos, el año se dividía en hiems (el invierno) y aestas (el estío). Parece que tal división se mantuvo durante largo tiempo, o eso se desprende de la lectura del Tesoro de Covarrubias. Pero si acudimos a Gonzalo de Correas (1571-1631) leemos que el vulgo no consideraba sino invierno y verano, mientras que los astrólogos y los escritores tenían en cuenta el verano (que empezaba en febrero), el estío, el otoño y el invierno.
            Vamos a algunos escritores. El Arcipreste de Hita las divide y ordena de la siguiente forma: invierno (desde noviembre), verano (desde febrero), estío (desde mayo) y otoño (desde agosto). En cambio, Cervantes, nada más comenzar el capítulo liii de la segunda parte del Quijote, escribe: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera. Por cierto, este fragmento ha dado pie a múltiples polémicas. Algunos han considerado error escribir seguir en lugar de anteceder (unos decían que era error voluntario para crear un efecto cómico), o no decir, como parecería correcto, a la primavera sigue el verano, etc. Tales errores no existen (y esto lo vieron bien otros muchos comentaristas, creo que Clemencín fue el primero), puesto que seguir, lo vemos en el Tesoro de Covarrubias, ‘vale a veces perseguir, ir en seguimiento de otro, ir en busca suya. De acuerdo con ello, ni había comicidad ni descuidada construcción. Luego Cervantes escribió la primavera busca al verano...
 
Madroños
          
Otro motivo de discordia nacía del número de estaciones que Cervantes cita, que son cinco: primavera, verano, estío, otoño e invierno. ¿Tan despistado andaba que no cayó en la cuenta de que empleaba dos sinónimos, verano y estío? También aquí hemos de decir que yerra quien considere equivocada esta división. Esos términos son sinónimos ahora, pero no en tiempos de Cervantes. Le pido a Zalabardo paciencia para oír m i explicación.
            Lo que queda patente es que la división del año en estaciones, los nombres de las mismas y los meses que las integraban han variado bastante a través de los siglos. ¿Por qué? Porque a veces se atendía a cuestiones puramente astrológicas y, a veces, al ritmo de las faenas puramente agrícolas. A ello, además, podemos unir razones religiosas, festivas... De todo nos informa bien Julio Caro Baroja.
Cruzando la Ribera de Jabugo
            Pero, ¿y los nombres? Se explican, igualmente, en función de las faenas agrícolas. Los romanos tenían una palabra, ver, veris, que significaba lo que nosotros entendemos por primavera y que algunos transmutaron en primer verano).  Más o menos correspondía a los meses de enero y febrero, en que se iniciaba el ciclo de las tareas agrícolas. También tenían lo que llamaban tempus veranus (literalmente, tiempo primaveral y que ha quedado solo en verano), en que el campo iba poniéndose en sazón (a partir de marzo). A continuación venía el estío (entre mayo y julio), momento en que ya apretaba el calor y se recogía el trigo. A partir de agosto venía el otoño, época de recogida de las últimas cosechas que colmaban al máximo los graneros de los campesinos (su nombre, en latín autumnus, derivado de augere, ‘incrementar, aumentar’, lo explica Covarrubias así: ab augendo, quod eo tempore coactis fructibus agricolarum opes maxime augeantur. O sea, más o menos, ‘porque en este tiempo se colman al máximo los almacenes de los campesinos con los frutos recogidos’. Por fin, pasado ese tiempo, a partir de noviembre, da comienzo el invierno (que procede de hibernus, que significa ‘tiempo tormentoso’, derivado de hiems).
 
Alájar desde la Peña de Arias Montano
          
“Y después de todo lo que has dicho, ¿me quieres explicar que pinta en esto Castaño del Robledo?”, me pregunta Zalabardo lleno de curiosidad. Le contesto que solo quiero contarle que he pasado unos días de este otoño casi veraniego que tenemos en ese pueblecito de la sierra de Aracena (tiene solo unos 200 habitantes) disfrutando de los hermosos parajes de la zona: Fuenteheridos, Alájar, Jabugo, Galaroza, Almonaster la Real. Todos son lugares bellísimos que vale la pena visitar. Y para los senderistas es un pequeño paraíso (La Ribera del Jabugo, o cualquiera de los senderos que unen El Castaño, como dicen los lugareños, con la Peña de Arias Montano, con Alájar, con Calabacino, con Santa Ana la Real, el rodeo del Cerro Castaño…).
Castaño del Robledo al anochecer
            Como final, para darle envidia, le digo que hemos cogido castañas, madroños y bellotas, que hemos comido buen jamón y que nos hemos deleitado con sabrosas setas en diferentes formas de preparación: tanas revueltas o a la plancha con jamón, arroz con setas (boletus y gurumelos), mero sobre salsa de trompeta negra... Tana es el nombre que en la zona dan a la amanita caesarea, la considerada reina de las setas y manjar exquisito; esa que los no expertos pueden confundir con la amanita phalloides, que es mortal. Pero, para su tranquilidad, le digo que nunca me expongo a coger setas, porque no las conozco y solo las consumo en donde me ofrecen garantías.

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